lunes, 15 de octubre de 2012

Pateando un sapo



Caminando hacia el suburbio
donde quedaba mi casa,
mientras cruzaba una plaza
memorizando algún verso,
tuve un instinto perverso
que no se explica con nada,
cuando encontré de pasada
un pobre sapo o escuerzo.

La claridad se ausentaba
y él, inmóvil en la hierba...
crueldades que uno conserva
muy adentro, agazapada,
de adentro alguien me gritaba
(y es algo que aún no lo explico...)
porque son cosas de chico:
-"¡Alzalo de una patada!..."

Y no contento con eso,
de reventar al batracio,
¡no me le vine despacio,
tomé bastante carrera...!
Miré que no se moviera
y avanzando a grandes pasos
le reventé un derechazo...
¡una volea de primera!

Después, no me acuerdo más...
Me envolvió la noche oscura.
Desperté en el hospital
con yeso hasta la cintura
y el médico muy despacio
me lo fue explicando entonces:
aquello no era un batracio,
¡era una canilla de bronce!