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sábado, 11 de noviembre de 2017

Tristeza criolla (Valseao)


Ya en el rancho no nacen las flores
Ni se ve la guitarra colgada,
Ya no escucha la verde enramada
El idilio campero de ayer.
Ya no se oyen rodar las espuelas
Zapateando un malambo en la siega,
Ni se escuchan los “tristes” de Vega
Recordando el perdido querer.

La morocha... de ojos negros
Ya en tardes de primavera,
Recostada... en la tranquera
No espera más el zorzal.
Y el paisano no atraviesa
La misteriosa laguna,
Ni se oye... en noches de luna
El Pericón Nacional.

Ya todo eso llevaron los años
Ya no cruza, veloz, el “pampero”,
Y en las cañas, sostén del alero
No se para el jilguero a cantar.
Esa pampa callada es la tumba
De recuerdos que mi alma no olvida,
La tapera, su loza impulida
Y su cruz, el ombú secular.


martes, 16 de abril de 2013

El corral de la vida


(Foto: Celine Frers)

El que quiera cosechar
tome su ejemplo en lo ajeno
y prepare su terreno
abra melga al empezar
porque ni le va a pesar
siguiendo el rumbo que toma
que el tero pone en la loma
y no hagan como los bueyes
que aran para que otro coma.

El hombre debe ser hecho
a la buena o mala suerte
y mostrarse siempre fuerte
debajo de cualquier techo
que el camino más derecho
no siempre ha de ser cortar
por eso es mejor llegar
a ser poste y no palenque
que el hombre que usa rebenque
debe saber castigar.

Debe desconfiarse más
de los ruines como el sapo
que el que se tiene por guapo
no pega nunca de atrás
y el hombre siempre además
para todo se revive,
porque el que confiado vive
está expuesto a un sobresalto
y aquél que sube más alto
más fuerte el golpe recibe.

La riqueza y el poder
nunca traen dichas completas
porque bajo esa careta
se divisa el padecer
y es mejor el nido hacer
entre el trébol que entre rosas
porque éstas aunque vistosas
ocultan muchas espinas
por eso las golondrinas
son pobres, pero dichosas.

El que anda solo en la vida
aunque tenga que rodar
no debe desesperar
ni llorarla por perdida
porque en cambio no hay partida
que algún otro la reclame
y aunque el diablo desparrame
los males por el sendero
a golpe afloja el acero
y el buey solo bien se lame.

martes, 21 de agosto de 2012

Los reseros

(Pintura: Rodolfo Vedoya)

Levantando polvaredas
van, por los “caminos reales”,
arreando los animales,
criollos de poncho y facón...
llevan el lazo a los tientos;
los “pingos” a media rienda...
y entre bramidos de hacienda
va cayendo la oración...

Va anocheciendo... Se escuchan
rebencazos y cencerros...
chiflidos... ladrar de perros
que amenazan el garrón...
El tropel de los vacunos
se va alejando en la huella...
-y se alumbran, con la estrella
de la tarde, el corazón-.

Vida gaucha, que te pierdes
en lo inmenso de los llanos,
como los ecos lejanos
de un arreo, en la oración...
cuando nubla mi existencia
la tristeza del camino,
me siento más argentino
soñando tu tradición.

domingo, 3 de julio de 2011

Juan de los Santos Arena (Estilo)


A orillas del Paraná
bajo un frondoso espinillo,
hay un ranchito sencillo
que siempre en silencio está;
ninguno a ocuparlo va;
pues dice la gente buena
que de noche un alma en pena
viene a esa choza sombría,
donde en un tiempo vivía
Juan de los Santos Arena.

Dicen que al llegar las doce,
cuando las islas dormitan,
entre los ramajes gritan,
aves que nadie conoce;
cuando las flores con goce,
se hallan de luna llena.
Surge del juncal serena,
sobre un oscuro fogoso
la visión del gaucho hermoso
Juan de los Santos Arena.

Sigue al borde la barranca,
meditabundo y sombrío
mientras las ondas del río
juegan con la espuma blanca;
su frente pálida y franca
tiene el velo de una pena;
con timbres extraños suena
su prendaje de oro y plata;
y en las aguas se retrata
Juan de los Santos Arena.

Pero al dar vuelta el sendero
aparece entre sus ojos,
aquella ruina... ¡despojos
de otro tiempo lisonjero!
Lanza un sollozo y ligero
su brioso oscuro sofrena,
quita el sombrero con pena,
de su frente soñadora.
Y ocultando el rostro llora
Juan de los Santos Arena.

Echa pie a tierra enseguida
con un afán que desgarra
y descuelga la guitarra
a su espalda suspendida;
con vibración conmovida
está entre sus manos suena,
porque el mal que lo envenena
le causa un dolor tan vivo,
que en ella ve un lenitivo
Juan de los Santos Arena.

De pronto y sin causa alguna
brota un concierto de notas,
que a soledades ignotas
van vibrando una por una.
Luego se nubla la luna
como empañando la escena,
y con una voz que llena
de melodías la noche,
canta ese amargo reproche
Juan de los Santos Arena.

"Ranchito humilde en que anidé
mis esperanzas, tranquilo
tú me brindastes un nido,
yo con sangre te manché;
pero no ignoras que fué
muy grande y honda mi pena.
Que tan horrible condena,
quién sabe si merecía
como esta eterna agonía
Juan de los Santos Arena.

Siento en mi pecho un vacío
al verte tan diferente;
ayer florido y luciente
hoy derrumbado y sombrío;
también mi vida en su estío
estuvo de pena llena
y hoy una oculta cangrena
sin embargo me devora;
ayer cantaba y hoy llora
Juan de los Santos Arena.

Mas no bien el instrumento
lanza el último sonido
sale del rancho un quejido
hasta trocarse en lamento;
dicen que entonces el viento
su furia desencadena.
Que de pronto llueve y truena
y salpica la resaca
hasta donde se destaca
Juan de los Santos Arena.

Los yaguaretés también
entonces braman rabiosos,
y los yacarés ansiosos
salir del agua se ven;
lo que fué calma recién
la tempestad desordena;
mientras con el alma llena
de un dolor indefinido,
queda de todo abstraído
Juan de los Santos Arena.

Hasta que al fin del letargo
parece sacarlo el día,
que distante todavía
se vislumbra sin embargo;
entonces al trote largo
suelta al viento la melena
aterrado por la escena
y como huyendo a sus males,
se pierde entre los juncales
Juan de los Santos Arena.

Es ésta la tradición
de estos sitios entrerrianos
que comentan los paisanos
llenos de superstición;
y cuando las doce son
cualquier ruido que suena
en esas islas los llena
de un miedo desconocido,
y se dicen al oído:
¡Juan de los Santos Arena!