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miércoles, 8 de junio de 2022

La luz mala

(Pintura: "Tropa de carretas" de León Palliére)




Largo tropa de carretas
atraviesa la llanura
bajo la eterna hermosura
de los radiantes planetas.
Al tardo paso sujetas
de los bueyes, enfiladas,
salvan lomas y quebradas,
y en el trébol florecido,
haciendo áspero ruido,
hunden las ruedas pesadas.

Vense allí en el claroscuro
de mil vagos resplandores,
oscilar sus conductores
sobre el pértigo inseguro.
De llegar no tiene apuro
a su rancho el picador,
pero, músico y cantor,
entretiene su camino
con algún triste argentino
que llora ausencias de amor.

La Cruz del Sud, suspendida
sobre los campos desiertos,
tiende los brazos abiertos
hacia la tierra dormida.
Y en la sombra sumergida
aquella inmensa región,
llena de mística unción,
por el trébol perfumada,
está a sus plantas postrada
como en perpetua oración.

Súbito brilla a lo lejos
una luz... la luz maldita,
cuya historia nunca escrita
saben jóvenes y viejos.
Vedla: lanza mil reflejos;
se detiene y humo exhala;
incendia el campo; resbala
retorciéndose maligna;
y cada uno se persigna,
murmurando: -«La luz mala!»

-«Es el alma de un hermano,
que, desterrada del cielo,
solitaria y sin consuelo
vaga errante por el llano;
un espíritu cristiano
de crueles ansias lleno,
que, de la noche en el seno,
nos ha pedido otras veces
una cruz y algunas preces
que lo tornen justo y bueno».  

Así dicen, y entre tanto,
esquivando sus destellos,
rezan juntos todos ellos,
olvidados ya del canto;
y ven, trémulos de espanto,
cómo la luz resplandece,
y chispea, y desaparece,
y con nueva brillantez
ilumina, y cada vez
más y más grande parece.

Ora se hunde en el bajío,
ora corre por la loma,
pero siempre avanza, y toma
por momentos nuevo brío.
Del horizonte sombrío
se aproxima a cada instante,
y hacia atrás y hacia adelante
huyen las sombras inquietas,
y se acerca a las carretas
como un ojo centelleante.

Y, mientras lleno de horror,
tras esfuerzos sobrehumanos,
se cubre con ambas manos
todo el rostro el picador,
el penacho de vapor
suelto al aire, rauda, altiva,
rumorosa y convulsiva
cual un potro desbocado,
pasa hirviendo por su lado
la veloz locomotiva.  

¡Mal hacéis vuestro camino
paso a paso y lentamente,
al alcance del torrente,
antiguo pueblo argentino!
¡Cantad himnos al destino,
y cuando en noche serena
brille una luz, no os dé pena,
no temáis, criollos, por eso,
que en las vías del progreso
la luz mala es la luz buena!

jueves, 2 de junio de 2011

Al Pampero

(Pintura: Oscar Sacchi)
Hijo audaz de la llanura
y guardián de nuestro cielo,
que arrebatas en tu vuelo
cuanto empaña su hermosura:
¡Ven, y enérgico y valiente,
bate el polvo en mi camino,
que hasta soy más argentino
cuando azotas en mi frente!

Pd: dedico este verso al Prof e Ing.Oscar R.S. Sacchi por sugerirlo, chas gracias paisano.

sábado, 23 de octubre de 2010

El alma del payador



Cuando la tarde se inclina
sollozando al Occidente,
corre una sombra doliente
sobre la pampa argentina.
Y cuando el sol ilumina
con luz brillante y serena
del ancho campo la escena,
la melancólica sombra
huye besando la alfombra
con el afán de la pena.

Cuentan los criollos del suelo
que, en tibia noche de luna,
en solitaria laguna
para la sombra su vuelo;
que allí se ensancha y un velo
va sobre el agua formando,
mientras se goza observando,
por singular beneficio,
el incesante bullicio
que hacen las olas rodando.

Dicen que, en noche nublada,
si su guitarra algún mozo
en el crucero del pozo
deja de intento colgada,
llega la sombra callada
y, al envolverla en su manto,
suena el preludio de un canto
entre las cuerdas dormidas,
cuerdas que vibran heridas
como por gotas de llanto.

Cuentan que en noche de aquellas
en que la Pampa se abisma
en la extensión de sí misma
sin su corona de estrellas,
sobre las lomas más bellas,
donde hay más trébol risueño,
luce una antorcha sin dueño
entre una niebla indecisa,
para que temple la brisa
las blandas alas del sueño.

Mas si trocado el desmayo
en tempestad de su seno,
estalla el cóncavo trueno
que es la palabra del rayo,
hiere al ombú de soslayo
rojiza sierpe de llamas,
que, calcinando sus ramas,
serpea, corre y asciende,
y en la alta copa desprende
brillante lluvia de escamas.

Cuando, en las siestas de estío,
las brillazones remedan
vastos oleajes que ruedan
sobre fantástico río,
mudo, abismado y sombrío,
baja un jinete la falda,
tinta de bella esmeralda,
llega a las márgenes solas...
¡y hunde su potro en las olas,
con la guitarra a la espalda!

Si entonces cruza a lo lejos,
galopando sobre el llano
solitario, algún paisano,
viendo al otro en los reflejos
de aquel abismo de espejos,
siente indecibles quebrantos,
y, alzando en vez de sus cantos
una oración de ternura,
al persignarse murmura:
-"¡El alma del viejo Santos!"

Yo, que en la tierra he nacido
donde ese genio ha cantado,
y el pampero he respirado
que al payador ha nutrido,
beso este suelo querido
que a mis caricias se entrega,
mientras de orgullo me anega
la convicción de que es mía
¡la patria de Echeverría,
la tierra de Santos Vega!

jueves, 16 de julio de 2009

La mula ánima


Iba un anciano trepando
en ágil mula la sierra,
desde el sombrero a la barba
suelto el barbijo de seda;
poncho de agreste vicuña
con franjas, flecos y hojuelas,
ha medio siglo bordado
por su finada la prenda;
llevaba usutas (sandalias
no he de decir en mi tierra),
que así le guardan los pies
como le sirven de espuelas;
un guardamonte de cuero
con que se cubre las piernas,
a cuyo empuje se inclinan
arbustos, cardos, malezas,
y huyen guanacos y cabras
cuando, al trotar de la bestia,
con resonantes crujidos
sobre sus flancos golpea.

Lleva aquel viejo en el alma
la triste música interna
de los recuerdos: los besos
de las ternuras maternas,
el dulce abrazo infinito
y el largo ¡adiós! de su prenda,
cuando, a través de los Andes,
fue a combatir y a quererla;
y allá en lo oculto, en lo hermoso,
la imagen fulgida, eterna,
de nuestra patria... la patria
de las heroicas proezas,
de William Brown en los mares,
de San Martín, en la tierra.

Él fue con Dávila a Chile,
con Güemes a la frontera,
con La Madrid a Tarija,
a Junín con Necochea,
y era tan fiel en amores
como atrevido en la guerra.
Tiene este viejo una enjundia
que ni el demonio la tuesta,
y donde asoma un peligro
es para hollarlo una fiera.
De la espantosa Mula ánima
tantos horrores le cuentan,
que, por hallarla a su paso
y refrenarle las riendas,
hizo a la Virgen del Valle
esta sencilla promesa:
"-Haz que la encuentre, y de alfombra
pondré a tus plantas de reina
este mi poncho, tejido
por mi finada la prenda".


Embebecido iba el hombre
en sus recuerdos y penas,
cuando, de un rancho asentado
sobre la abrupta ladera
salióle al paso, en tumulto,
un mocetón, una vieja,
una serrana, dos niños,
y hasta una cabra casera;
sucias las caras, y un susto
lívido y áspero en ellas.

-¡Va por allí! -le gritaron-,
¡va por allí, por la cuesta!"
"-¿Quién? -preguntó, deteniéndose,
el del barbijo de seda.
-¡Ella! ¡La mula maldita
que por la noche anda suelta!"
"-Sí, dijo el mozo, la he visto
al despertar de la siesta."
"-Y yo, añadió la serrana,
desvanecerse en la niebla."
"-Mas, cuando pasa de día,
como esta vez, se presenta
de viuda, toda enlutada,
en dirección a una iglesia."
"-Y al regresar cada noche,
es mula en llamas envuelta."
"-Pues a esperarla me quedo",
dijo el del poncho de hojuelas.
"-¡Ah, qué mujer!" -persignándose
murmura al cabo la abuela,
mientras el viejo soldado
entra a su rancho y se sienta-.
"¡Ah, qué mujer!... Era blanca
como las nieves eternas,
y rubia como esos cardos
que dan flor en primavera.
Se enamoró de un soldado
de la santa independencia,
que con Dávila fue a Chile
a luchar por su bandera;
y como era tejedora
de las pocas y las buenas,
le hizo un poncho de vicuña
más liviano que hoja seca.

El buen joven se marchó
a libertar nuestra América,
bajo fe de su palabra
de casamiento a la vuelta;
y ella, dos años corridos,
fue tan loca y sinvergüenza,
que se enredo con un cura
para curarse de ausencias.
Dios, el gran Dios, la maldijo
hiriéndola con su diestra,
y echó, su ánima a penar
por las quebradas desiertas,
convertida en esa mula
que en la noche se pasea,
que de ojos, boca y narices
arroja llamas siniestras.
Por un decreto divino
lleva colgando las riendas,
hasta que un hombre muy hombre,
por redimirle la pena,
con fuerte brazo y fe santa
la refrene en su carrera."

lba cayendo la noche
al terminar la conseja,
y conmovido el soldado
por unas ansias secretas,
mudo besó, al despedirse,
a los niños y a la abuela,
y, cabalgando en su mula,
se echó a vagar por la sierra.

Era una noche sombría
fúnebre noche, de aquellas
en que los genios medrosos
salen de grutas y cuevas;
en que una mano, asomada
de algún recodo, hace señas;
en que está oculto un misterio
que hace temblar las tinieblas,
y hasta el rumor del torrente
es un rodar de cadenas.

El noble viejo marchaba
por la sinuosa vereda,
cuando unas luces rojizas,
hiriendo a saltos las peñas,
le iluminaron un arria
de pardas mulas cargueras,
cegadas, quietas, bufando
bajo las vivas centellas,
y a los arrieros, postrados,
la faz oculta en las piedras.

Luego, por boca y narices,
echando ardientes culebras,
que, retorcidas, los muros
suben y en lo alto chispean,
se apareció la Mula ánima,
al aire flojas las riendas.

Echó pie a tierra el soldado
de las batallas homéricas,
y se avanzó a recibirla
con toda el alma en la empresa.
Hizo a la Virgen del Valle,
como a sus jefes, la venia,
y cuando estaba ya encima
la mula, en llamas envuelta,
la refrenó, y a su pecho
vino a estrellarse, ya muerta,
pero en mujer convertida...
¡Y era su novia, la prenda!

Se echó a llorar como un niño
el de las lides de América...
Mientras, la Virgen del Valle
bajó ceñida de estrellas.
Él le tendió como alfombra
su rico poncho de hojuelas,
y ella, posada un instante
para aceptar la promesa,
volvióse al cielo llevando
purificada en su esencia,
un alma mísera, indigna,
pero que ha amado en la tierra.

lunes, 13 de julio de 2009

El Negro Falucho (soldado Antonio Ruiz fusilado en febrero de 1824)


Duerme el Callao. Ronco son
hace del mar la resaca,
y en la sombra se destaca
del real Felipe el Torreón.
En él está de facción,
porque alejarle quisieron,
un negro de los que fueron
con San Martín, de los grandes,
que en la pampa y en los Andes
batallaron y vencieron.

Por la pequeña azotea
Falucho, erguido y gentil,
echado al hombro el fusil,
lentamente se pasea;
piensa en la patria, en la aldea
donde dejó el hijo amado,
donde, en su hogar desolado,
triste le aguarda la esposa,
y en Buenos Aires, la hermosa,
que es su pasión de soldado.

Llega del fuerte a su oído,
rumor de voces no usadas,
de bayonetas y espadas
agudo y áspero ruido;
Un "¡Viva España!" seguido
de un otro ¡Viva Fernando!
y está Falucho dudando
si dan los gritos que escucha
sus compañeros de lucha,
o si está loco o soñando.

Desde los Andes, el día,
que ciñe en rosas la frente,
abierta el ala luciente
hacia los mares caía,
cuando Falucho, que ansía
dar un viva a su manera,
como protesta altanera
contra menguadas traiciones,
izó nervioso, a tirones,
la azul y blanca bandera.

-"¡Por mi cuenta te despliego-
dijo airado-, y de esta suerte,
si a tus pies está la muerte,
a tu sombra muera luego!-.
Nació el sol: besos de fuego
dióla en rayas de carmín,
Rodó el mar desde el confín
un instante estremecido,
y en la torre quedó erguido
el negro de San Martín.

No bien así desplegados
nuestros colores lucían,
por la escalera subían
de tropel los sublevados.
Ven a Falucho, y airados
hacia él se precipitan:
- ¡Baja ese trapo! -le gritan
¡y nuestra enseña enarbola!...-
¡Y es la bandera española
la que los criollos agitan!

Dobló Falucho, entretanto
la oscura faz sin sonrojos,
y ante aquel crimen, sus ojos
se humedecieron de llanto.
Vencido al punto el quebranto,
con fiero arranque exclamó:
-¿Enarbolar ésa yo,
cuando está aquélla en su puesto!...-
Y un juramento era el gesto
con que el negro dijo: -¡No!-.

Con un acento glacial
en que la muerte predicen:
-¡Presenta el arma! -le dicen-
al estandarte real-.
Rotos por la orden fatal
de la obediencia los lazos,
alzó el fusil en sus brazos
con un rugido de fiera,
y contra el asta-bandera
lo hizo de un golpe pedazos.

Ante la audacia insolente
de esa acción inesperada,
la infame turba excitada,
gritó: -¡Muera el insurgente!-.
Y asestados al valiente
cuatro fusiles brillaron:
-¡Ríndete al Rey! -le intimaron,
mas como el negro exclamó:
-¡Viva la Patria y no yo!-,
los cuatro tiros sonaron.

Uno, el más vil, corre y baja
el estandarte sagrado,
que cayó sobre el soldado
como gloriosa mortaja.
Alegres dianas la caja
de los traidores batía,
El Pacífico gemía
melancólico y desierto,
y en la bandera del muerto
nuestro sol resplandecía.

miércoles, 23 de julio de 2008

Santos Vega: IV. La muerte del Payador


Bajo el ombú corpulento,
de las tórtolas amado,
porque su nido han labrado
allí al amparo del viento;
en el amplísimo asiento
que la raíz desparrama.
Donde en las siestas la llama
de nuestro sol no se allega,
dormido esta Santos Vega,
aquel de la larga fama.

En los ramajes vecinos
ha colgado, silenciosa,
la guitarra melodiosa
de los cantos argentinos.
Al pasar, los campesinos
ante Vega, se detienen;
en silencio se convienen
a guardarle allí dormido;
y hacen señas no hagan ruido
los que están a los que vienen.

El más viejo se adelanta
del grupo inmóvil, y llega
a palpar a Santos Vega.
moviendo apenas la planta,
Una morocha que encanta
por su aire suelto y travieso,
causa eléctrico embeleso
porque, gentil y bizarra,
se aproxima a la guitarra
y en las cuerdas pone un beso.

Turba entonces el sagrado
silencio que a Vega cerca,
un jinete que se acerca
a la carrera lanzado;
retumba el desierto hollado
por el casco volador;
y aunque el grupo, en su estupor,
contenerlo pretendía,
llega, salta, lo desvía
y sacude al payador.

No bien el rostro sombrío
de aquel hombre mudos vieron,
horrorizados sintieron
temblar las carnes de frío.
Miro en torno con bravío
y desenvuelto ademán,
y dijo: "Entre los que están
no tengo ningún amigo,
pero, al fin para testigo,
lo mismo es Pedro que Juan".

Alzó Vega la frente,
y le contempló un instante,
enseñando en el semblante
cierto hastío indiferente.
"Por fin, dijo fríamente
el recién llegado, estamos
juntos los dos, y encontramos
la ocasión, que éstos provocan,
de saber cómo se chocan
las canciones que cantamos".

Así diciendo, enseñó
una guitarra en sus manos,
y en los raigones cercanos
preludiando se sentó.
Vega entonces sonrió,
y al volverse al instrumento,
la morocha hasta su asiento
ya su guitarra traía,
con un gesto que decía:

La he besado hace un momento".
Juan Sin Ropa (se llamaba
Juan Sin Ropa el forastero)
comenzó por un ligero
dulce acorde que encantaba.
Y con voz que modulaba
blandamente los sonidos,
cantos tristes nunca oídos,
cantó cielos no escuchados,
que llevaban, derramados,
la embriaguez a los sentidos.

Santos Vega oyó suspenso
al cantor; y toda inquieta,
sintió su alma de poeta
como un aleteo inmenso.
Luego, en un preludio intenso,
hirió las cuerdas sonoras,
y cantó de las auroras
y las tardes pampeanas,
endechas americanas
más dulces que aquellas horas.

Al dar Vega fin al canto,
ya una triste noche oscura
desplegaba en la llanura
las tinieblas de su manto.
Juan Sin Ropa se alzó en tanto,
bajo el árbol se empinó,
un verde gajo tocó,
y tembló la muchedumbre,
porque echando roja lumbre,
aquel gajo se inflamó.

Chispearon sus miradas,
y torciendo el talle esbelto,
fue a sentarse, medio envuelto
por las rojas llamaradas.
¡Oh, qué voces levantadas
las que entonces se escucharon!
¡Cuántos ecos despertaron
en la Pampa misteriosa
a esa música grandiosa
que los vientos se llevaron.

Era aquélla esa canción
que en el alma sólo vibra,
modulada en cada fibra
secreta del corazón;
el orgullo, la ambición,
los más íntimos anhelos,
los desmayos y los vuelos
del espíritu genial,
que va, en pos del ideal,
como el cóndor a los cielos.

Era el grito poderoso
del progreso, dado al viento;
el solemne llamamiento
al combate más glorioso.
Era, en medio del reposo
de la Pampa ayer dormida,
la visión ennoblecida
del trabajo, antes no honrado;
la promesa del arado
que abre cauces a la vida.

Como en mágico espejismo,
al compás de ese concierto,
mil ciudades el desierto
levantaba de sí mismo.
Y a la par que en el abismo
una edad se desmorona,
al conjuro, en la ancha zona
derramábase la Europa.
Que sin duda Juan Sin Ropa
era la ciencia en persona.

Oyó Vega embebecido
aquel himno prodigioso,
e inclinando el rostro hermoso,
dijo:"Sé que me has vencido".
El semblante humedecido
por nobles gotas de llanto,
volvió a la joven su encanto,
y en los ojos de su amada
clavó una larga mirada,
y entonó su postrer canto:

"Adiós luz del alma mía,
adiós, flor de mis llanuras,
manantial de las dulzuras
que mi espíritu bebía;
adiós, mi única alegría,
dulce afán de mi existir;
Santos Vega se va a hundir
en lo inmenso de esos llanos...
¡Lo han vencido! ¡Llegó, hermanos,
el momento de morir!"

Aún sus lágrimas cayeron
en la guitarra, copiosas,
y las cuerdas temblorosas
a cada gota gimieron;
pero súbito cundieron
del gajo ardiente las llamas,
y trocado entre las ramas
en serpiente, Juan Sin Ropa
arrojó de la alta copa
brillante lluvia de escamas.

Ni aun cenizas en el suelo
de Santos Vega quedaron,
y los años dispersaron
los testigos de aquel duelo;
pero un viejo y noble abuelo,
así el cuento terminó:
"Y si cantando murió
aquel que vivió cantando,
fue, decía suspirando,
porque el diablo lo venció".

Santos Vega: I. El alma del payador





Cuando la tarde se inclina
sollozando al occidente,
corre una sombra doliente
sobre la pampa argentina.
Y cuando el sol ilumina
con luz brillante y serena
del ancho campo la escena,
la melancólica sombra
huye besando su alfombra
con el afán de la pena.

Cuentan los criollos del suelo
que, en tibia noche de luna,
en solitaria laguna
para la sombra su vuelo;
que allí se ensancha, y un velo
va sobre el agua formando,
mientras se goza escuchando
por singular beneficio,
el incesante bullicio
que hacen las olas rodando.

Dicen que, en noche nublada,
si su guitarra algún mozo
en el crucero del pozo
deja de intento colgada,
llega la sombra callada
y, al envolverla en su manto,
suena el preludio de un canto
entre las cuerdas dormidas,
cuerdas que vibran heridas
como por gotas de llanto.

Cuentan que en noche de aquellas
en que la Pampa se abisma
en la extensión de sí misma
sin su corona de estrellas,
sobre las lomas más bellas,
donde hay más trébol risueño,
luce una antorcha sin dueño
entre una niebla indecisa,
para que temple la brisa
las blandas alas del sueño.

Mas, si trocado el desmayo
en tempestad de su seno,
estalla el cóncavo trueno,
que es la palabra del rayo,
hiere al ombú de soslayo
rojiza sierpe de llamas,
que, calcinando sus ramas,
serpea, corre y asciende,
y en la alta copa desprende
brillante lluvia de escamas.

Cuando, en las siestas de estío,
las brillazones remedan
vastos oleajes que ruedan
sobre fantástico río,
mudo, abismado y sombrío,
baja un jinete la falda
tinta de bella esmeralda,
llega a las márgenes solas...
¡y hunde su potro en las olas,
con la guitarra a la espalda!

Si entonces cruza a lo lejos,
galopando sobre el llano
solitario, algún paisano,
viendo al otro en los reflejos
de aquel abismo de espejos,
siente indecibles quebrantos,
y, alzando en vez de sus cantos
una oración de ternura,
al persignarse murmura:
"-¡El alma del viejo Santos!"

Yo, que en la tierra he nacido
donde ese genio ha cantado,
y el pampero he respirado
que al payador ha nutrido,
beso este suelo querido
que a mis caricias se entrega,
mientras de orgullo me anega
la convicción de que es mía
¡la patria de Echeverría,
la tierra de Santos Vega!