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miércoles, 13 de marzo de 2013

Domador envejecido



Sobre un bayo de penacho
lindo de anca y de lomo,
"es el último que domo",
me decia el paisano Cacho.
-"Empecé desde muchacho
con bocas para ablandar
mi oficio ha sido domar
y hoy mi saber se acrecienta
pero ya cumplí cincuenta
y es hora de abandonar.

"Treinta y seis años andando
arriba de los baguales,
no son dolores casuales
los que me están molestando.
Por forzarme tironeando
suelo dormirme sufriendo,
el tiempo pasó corriendo
y aunque es muy ruda mi ciencia
lo que gané en experiencia
en fuerza lo fui perdiendo".

Tenía razón el paisano,
conocedor de la pampa,
lo reflejaba su estampa
de domador veterano;
más de uno confió en su mano
pa que le amanse un bagual,
en su tarea rural
alguno pasó un apuro
ni por malo y por duro
jamás largó un animal.

También decía al conversar
de las cosas de la vida:
"la vejez es una herida
que nadie puede curar...
La doma voy a dejar,
si cuesta creerlo ¡canejo!,
ayer un pingo azulejo
me entró a dar sacudones
y al apretar los garrones
me convencí  que estoy viejo.

jueves, 19 de mayo de 2011

Una cruz para el camino

(Fotos: Eduardo Amorim)
Era un picazo lucero
el pingo que lo mató.
El que un día le quitó
la vida a mi compañero.
Aquel quince de febrero
bajo un negro atardecer
le juro, me cuesta creer
lo que le vino a pasar,
si hasta a veces sin mirar
otra vez lo vuelvo a ver.

Mas vale no recordar,
los dos veníamos tranqueando,
la noche se iba cerrando
y empezaba a lloviznar,
cuando se pudo emponchar,
el picazo mansejón
no tuvo esa condición…
Bajo las nubes del cielo
parecía el poncho un pihuelo
que chuceaba al redomón.

El caballo corcoveando
salió en las patas parao
y aquel paisano emponchao
a estribo y rienda peleando;
las piernas le fui cerrando
a mi “moro”, sin tardar,
cuando lo fui a manotear
con la fuerza de mi brazo
cambió de vuelta el picazo
y no lo pude agarrar.

Esa vuelta desgraciada
allí me dejó pagando
y pa’ que seguir contando,
no pude intentar más nada.
Fue terrible la boleada.
Peligrosa y agresiva…
Rosendo, que atento iba
intentó salir parao,
pero igual quedó apretao
con todo el caballo arriba.

Desmonté, corrí a su lao
y en mis brazos lo tomé,
casi perdiendo la fe
cuando lo vi tan golpeao.
Con el rostro ensangrentao
y con la voz apagada
una frase entrecortada
me dio por última vez:
“-Hermano… no te asustés
que no me ha pasado nada”.

Era el fin de un domador
y de mi gran compañero
en un día de febrero
barroso y lloviznador.
Hoy cada día una flor
sobre su tumba le inclino
y por el triste destino
donde mi amigo cayera,
hay una cruz de madera
que le regalé al camino.