jueves, 19 de mayo de 2011

Una cruz para el camino

(Fotos: Eduardo Amorim)
Era un picazo lucero
el pingo que lo mató.
El que un día le quitó
la vida a mi compañero.
Aquel quince de febrero
bajo un negro atardecer
le juro, me cuesta creer
lo que le vino a pasar,
si hasta a veces sin mirar
otra vez lo vuelvo a ver.

Mas vale no recordar,
los dos veníamos tranqueando,
la noche se iba cerrando
y empezaba a lloviznar,
cuando se pudo emponchar,
el picazo mansejón
no tuvo esa condición…
Bajo las nubes del cielo
parecía el poncho un pihuelo
que chuceaba al redomón.

El caballo corcoveando
salió en las patas parao
y aquel paisano emponchao
a estribo y rienda peleando;
las piernas le fui cerrando
a mi “moro”, sin tardar,
cuando lo fui a manotear
con la fuerza de mi brazo
cambió de vuelta el picazo
y no lo pude agarrar.

Esa vuelta desgraciada
allí me dejó pagando
y pa’ que seguir contando,
no pude intentar más nada.
Fue terrible la boleada.
Peligrosa y agresiva…
Rosendo, que atento iba
intentó salir parao,
pero igual quedó apretao
con todo el caballo arriba.

Desmonté, corrí a su lao
y en mis brazos lo tomé,
casi perdiendo la fe
cuando lo vi tan golpeao.
Con el rostro ensangrentao
y con la voz apagada
una frase entrecortada
me dio por última vez:
“-Hermano… no te asustés
que no me ha pasado nada”.

Era el fin de un domador
y de mi gran compañero
en un día de febrero
barroso y lloviznador.
Hoy cada día una flor
sobre su tumba le inclino
y por el triste destino
donde mi amigo cayera,
hay una cruz de madera
que le regalé al camino.

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