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lunes, 10 de febrero de 2014

Querime serrana (Canción criolla)



Cuando tengas un cariño, ¡ay de mí!,
procura mirar primero,
adonde ponís los ojos
no sea que lloris luego.

Cuando me allegue a tu rancho, ¡ay de mí!,
te pido no me disprecies,
que aquel que vive penando
le toca morir dos veces.

Así cantaba un cuyano ¡ay de mí!
que de dolor se moría,
por lejos que estés mi cielo,
te he de alcanzar algún día.

martes, 24 de julio de 2012

La cinta colorada



Que po qué me disgracié?
¡Vaya a sabe su Mercé
lo que las hémbras y machos
en cuestiones del queré
guardamos dentro el pecho!

Yo quería a mi Isabel
como a la Virgen del Cielo;
y cuando ella me decía
que me quería también,
me miraba en sus ojazos
qu'eran grandotes y negros
como esos nichos sin naide
de la tapia'el cementerio.
Pero un güen día, mi iñor,
dende la lomita'el cerro,
la vide en líos de amor
con Ifraín el buhonero.
Supe dispués que una cinta
coloráa jué el regalo
que me le dieron en premio.
Esa cinta coloráa,
en su cogote moreno,
era para mí un puñal
que me traspasaba el pecho.
¡Y tuve ganas de ahorcarla
con las trenzas de su pelo!
-Y dispués ¿qué sucedió?
-Isabel dejó e lucir,
en su cogote moreno,
esa cinta coloráa
qu'en pago de su traición
le acetara al buhonero.

En una noche mu negra,
como son tós mis ricuerdos,
la corté con un cuchillo
junto con las carnes d'ella.
Y dende la noche aquella
a esa cinta coloráa
que me causó tanta pena
po más que cierro los ojos
po no vela... po no vela...
¡la veo toítas las tardes
pintaíta allá en el cielo,
cuando s'esmayan las luces
sobre la lomita'el cerro!...

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Éxito


Tiene veinte años,
y en el campo inmenso
de sus ilusiones
sólo su persona
brilla y se destaca.

Llega y le reciben:
un señor muy gordo
y un perro muy flaco.
El señor esboza
un seco saludo.
El perro se acerca,
comienza a olfatearle,
le vuelve la espalda,
y, sobre sus valijas,
¡levanta la pata!

martes, 6 de diciembre de 2011

Señor Juez

(Pintura: Molina Campos)

Señor Juez, en verdá le confieso,
que se m'aido un poquito la mano.
¿Se murió? ¡Dios lo tenga en la gloria!
Ya bastante el indino
vivió cuatreriando.

-Me tráia robando ese leso
mis vaquillas, cerquita de un año.

Era inútil que diera mis quejas
ante el Comisario.
Me tomaban apunt'e la cosa.
Y yo, satisfecho,
me diba silbando.
Y cuando créia que preso lo tráian,
caía en engaño,
porque el pillo, por juir de la cárcel,
le entregaba al señor Comisario
la mitad más o menos del robo,
y éste echábale tierra al asunto,
como hacen los gatos...

Y lo pior es que si uno relincha,
si no lo estaquean,
lo meten en cepo de lazo,
cuando no lo enderiezan pal Neuquén
a lomo pelado,
más molido qu'el gallo del cuento,
que asiquiera el probe
si las plumas perdió en la pelea,
quedó cacareando.

Y como quiera que ya no hay justicia
en por estos pagos,
me la hice el tirito yo mesmo.
He perdido y... pago.

Es por eso, señor, que de rabia
se me jué un poquito la mano.
Yo le quise pintar un barbijo,
dejarlo orejano...
el cuchillo corrió pal cogote,
y solito se jué desangrando.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Malón

(Pintura: Ángel Della Valle)

Una densa polvareda jaloneando va el camino
que una tropa de jinetes, rudos, fuertes y bronceados
por el sol cordillerano y el relente de las piedras,
viene alzando con los duros, córneos cascos de sus fletes.

Llegan sucios, sudorosos, el cabello apelmazado
en el bronce de las sienes; y en sus rostros araucanos,
de narices aguileñas y de pómulos salientes,
el carbunclo de sus ojos lanza rayos tremolantes
de deseos contenidos de aguardiente y de pasión.

Atraviesan la amplia Vega a rienda suelta.
Lanzan gritos y alaridos, risotadas y silbidos.
Y hacia el pueblo se dirigen, con empuje de turbión.
Es que hay fiesta en el poblado, hay carreras y cinchadas;
hay mujeres y guitarras, hay bebida y hay choclón.

Rugirá luego la bestia, trastornada, embravecida
por el baile y por las hembras, las jugadas y el licor;
habrá insultos, griterío, amenazas y topadas
y al final de la algazara, como atávica humorada,
la certera puñalada que atraviesa un corazón!...

El entierro de Painé


Duerme en calma Leuvucó.
Descansan las tolderías;
y en la comba de la noche
chispean las "Tres Marías".
De pronto se oye un rumor
de llantos y griterías
que se apaga, se renueva,
se aclara, se magnifica
y luego se desparrama
por las hoscas lejanías.

Ha muerto el bravo Painé,
Jefe de la dinastía
de los Zorros, y Calvaiñ
a sucederlo se alista,
como hijo mayor habido
de una anciana cacica
que Painé considerara
como su esposa legítima.

Dicen que ha muerto Painé
por arte de brujerías.
Tal aseguran las machis
de todos rumbos venidas.
Y como se cree verdad
puesto que Calvaiñ lo afirma,
su viejo padre Painé
no irá solo a la otra vida.

Por órdenes de Calvaiñ
que, al punto, en castigo dicta,
es fuerza que sus esposas
al otro mundo le sigan,
y al sacrificio cruento
marchen también las cautivas.
Además, todos los chusmas
que hubieren más de dos chinas,
una de ellas, han de hacer
que figure entre las víctimas.
Ante mandato tan cruel,
enloquecidas las indias
sángranse el rostro, y sus manos
sobre los ojos se crispan.

Las mujeres a los hombres
acusan de cobardía
por no saber defender
de sus esposas la vida.
Mas Calvaiñ, un tanto humano,
-como lo fuera aquél día
que de la muerte salvara
al Coronel Baigorría,
cuya cabeza, Painé,
a Rosas mandar quería-
ha separado a su madre:
la pobre vieja cacica;
por ruego de Cailbuñaim
que diera a Painé dos hijas
sólo peronda a una de ellas,
a la menor, por ser niña;
y de sus otras mujeres
a María la cautiva.
No falta quien a Calvaiñ
reproche con osadía
que haya salvado a la madre
y, de Cailbuñaim, la hija.

A lo que Calvaiñ resonde
como cosa definida:
-mi madre no era mujer
que con Painé hiciera vida;
hace ya bastantes años
que de nada le servía.
Si hubiese estado hasta ayer
viviendo en su compañía,
como me llamo Calvaiñ,
ella también moriría.
En cuanto a Cailbuñaim,
he salvado a la más niña.
Morirá la que mi padre
por esposa prefería.

El cuerpo traen de Painé
tendido en una angarilla
cruzada entre dos briosos
caballos de sus tropillas,
y envuelto en lujosas matras
que le tejieran sus chinas.
Lloran indias y cautivas
y lanzan sordos gemidos
las trutrucas doloridas.

Siguen a pie las mujeres
para morir elegidas.
Las pobres vienen en cerco,
formado de lanzas vivas.
Luego aparece Calvaiñ
con sus tropas escogidas:
gente de bola y de lanza
de las tribus ranquelinas.
A una señal de Calvaiñ,
que al punto se ve cumplida,
que de media en media legua
la matanza se repita,
y ese reguero de sangre
hasta el sepulcro prosiga.

¡Señor, Señor, por piedad!
claman indias y cautivas.
¡Pobre este hijito Calvaiñ!
¡Señor, Señor, que es mi hija!
¡Es mi mujer! ¡Es mi madre!
¡Déjalas, Calvaiñ, que vivan!
Mas la orden de Calvaiñ
debe cumplirse en seguida,
y golpes secos de bola
van quitándoles la vida.

En el filo de la loma
el chenque ya se divisa,
y así que el cortejo llega
se tiende la indiada en línea.
Que avancen, manda Calvaiñ,
los lanceros y las indias.
Extienden luego a Painé
en la fosa, y ya se alistan
a darle por compañera,
que llevará a la otra vida,
la que, en esta, fué entre todas
sus mujeres, preferidas.

La hija de Cailbuñaim
será la postrera víctima
humana de la tragedia,
con que Calvaiñ finaliza
la sangrienta represión
a que las machis lo incitan.
Ante Calvaiñ, la infeliz,
se postra desfallecida;
tiéndele el hijo, que en brazos,
nerviosamente acaricia,
e inútilmente le implora
que le perdone la vida.
Calvaiñ, insensible al ruego
de la desdichada india,
mostrando al niño que tiende
hacia él sus manecitas,
a que por última vez
le dé de mamar la invita.

Movida por la esperanza
la pobre madre se inclina
y al hijo de sus entrañas
le da de mamar sumisa.
Mas al separarse de él
como leona enfurecida
lo defiende, hasta caer
al suelo desvanecida.
Luego, a la pobre mujer,
cumpliendo con la consigna,
de un golpe feroz de bola
la cabeza le hacen trizas,
y colocan su cadáver
con el de Painé en línea.
Un manto de tierra y ramas
les servirá de cobija.
Han colocado en el chenque,
junto con la platería
que en sus peronas y aperos
Painé y su esposa lucían,
toda especie de cacharros
con licores y comidas,
para que fácil les sea
su traslado a la otra vida.
Cinco caballos, diez perros,
veinte ovejas elegidas
son muertos y desangrados
sobre la tierra movida.
Y cuando el regreso emprende
la fúnebre comitiva,
la luz del atardecer,
que los campos ilumina,
sobre el trágico cortejo
sus rayos de sangre envía.

Ya de noche, en Leuvocó,
llora aún la toldería;
de cultrunes y trutrucas
calló la voz dolorida,
y en la comba de la noche
chispean las "Tres Marías".

Prendiditos de la mano


Vienen bajando el faldeo
Felicinda y su Ciriaco.
Vienen los dos, en silencio,
prendiditos de la mano.

¿Qué pudo haber ese día
entre los enamorados,
que vienen, tan en silencio,
prendiditos de la mano?

-Felicinda, dame un beso,
fué el pedido de Ciriaco...
Y besáronse, en silencio,
prendiditos de la mano.

Y así que un beso se dieron
tan confusos se quedaron,
que, mirándose a los ojos,
se volvieron en silencio,
prendiditos de la mano.

Casaté


Maire, quiero casarme.
Que me muero por tené
lo que tienen otras niñas,
argún arguien de mi gusto,
un güen hombre a quien queré.

-Si ese es tu deseo m'hija,
¡casaté!...

Lo primero serán mieles,
lo úrtimo te sabrá a hié.
Te querrá harto tu hombre.
¡Cómo no ti ha de queré!
la noveá es pal marío
lo que es el alfa pal güey.
Dispués llegarán los hijos
y allí te tendré de vé,
como me vide yo misma,
como se ve tóa mujé.
Entónce pué que te pase
lo que a la probe Isabé,
que con el trajín del día,
al hombre con sus caricias
no lo pué ya distraé.
Y como la probecita
ya su hembra no pué sé,
porque tiene la faena
de los güeñis que atendé,
el indino pa otra güeya
enderieza su caballo
en busca de otra mujé.
Aquí tenís a tu maire
destroncá y envejecía
a juerza de padecé.
Ahí tenís a la Florinda
con seis o siete chiquillos
sin qué dales de comé.
Ahí la tenís...
¡Casaté!...

La niña tiene veinte años,
y aunque lo que oye a su madre,
sabe que ha de suceder,
cierra los ojos y dice:

- La vía... la vía, maire,
tan indina no pué sé...
no pretienda contrariarme...

-Güeno, m'hija. ¡Casaté!

¡Tanto lo hi querío!.


No me diga, maire,
que ha sío po mala
que mi Juan se ha ío!

Tanto lo hi qerío,
que en mi pobre rancho
no ha habío bocao,
caricia, ni beso
que pa él no haiga sío.

¿Quién, sino esta lesa,
trenzaba sus sogas,
cuidaba su aliño,
y con blanca lana
de sus probes guachos
tejía sus matras
y sus cojinillos?

Y él, náa más que penas,
es lo que me daba
en cambio'e cariño...

Tanto lo hi querío,
que po más que icen
que vive con otra,
po náa lo maldigo,

si juera eso cierto,
de que está con otra,
¡adiós esperanza
que güerva conmigo!

¿Po qué he sío güena?

¡Malhaya la pena
y toíto el trabajo,
que po conservalo
asín m'ha ponío!

Y, ¿qué harei yo agora
con esta guagüita?...

Penando, penando,
seguiré en la vía;
hasta que otro hombre
al verme algún día
tan triste y tan sola,
me arrastre a su rancho
pa concluir conmigo.

Po que juera pronto
¡ay! ¡qué no daría!...

viernes, 22 de abril de 2011

Escudo


A naide se le ha ocurrido
hacer una estatua al buey.
Y él fue quien tejió la Patria
antes que lo hiciera el riel.

Sangrando por las picanas,
sin descanso y sin comer,
¿quién sino él trazó los rumbos
que luego siguiera el riel?

Hoy sigue, en los territorios,
haciendo lo que hizo ayer:
labrando a fuerza'e pezuña
derroteros para el riel.

Mas no cerraré mis ojos
sin que me esfuerce por ver
en un escudo'e mi tierra:
-bien quisiera el de Neuquén-
un sol en el horizonte,
y entre gajos de maitén,
una pampita de trébol
y, en ella, echadito un buey.

miércoles, 5 de agosto de 2009

La peladilla


Peladilla, peladilla,
pecesito sin escamas,
que incesante peregrinas
por los hilitos de agua
que bajan de mis montañas,
si te besa un rayo'e sol
te convierte en esmeralda.

Peladilla, peladilla,
pecesito sin escamas,
el que te quiere admirar
cometiera grave falta
si te sacase del agua,
porque se velan tus ojos
y tu piel se vuelve opaca.

Peladilla, peladilla,
pecesito sin escamas,
eres como la Ilusión,
que con la duda se empaña.
............................
No he de ser yo, soñador,
quien te retire del agua.

Señor Juez


Señor Juez, en verdá le confieso,
que se m'áido un poquito la mano.
¿Se murió? ¡Dios lo tenga en la gloria!
Ya bastante el indino
vivió cuatreriando.

-Me tráia robando ese leso
mis vaquillas, cerquita de un año.

Era inútil que diera mis quejas
ante el Comisario.
Me tomaban apunt'e la cosa.
Y yo, satisfecho,
me diba silbando.
Y cuando créia que preso lo tráian,
caía en engaño,
porque el pillo, por juir de la cárcel,
le entregaba al señor Comisario
la mitad más o menos del robo,
y éste echábale tierra al asunto,
como hacen los gatos...

Y lo pior es que si uno relincha,
si no lo estaquean,
lo meten en cepo de lazo,
cuando no lo enderiezan pal Neuquén
a lomo pelado,
más molido qu'el gallo del cuento,
que asiquiera el pobre
si las plumas perdió en la pelea,
quedó cacareando.

Y como quiera que ya no hay justicia
en por estos pagos,
me la hice al tirito yo mesmo.
He perdido y ... pago.

Es por eso, señor, que de rabia
se me jué un poquito la mano.
Yo le quise pintar un barbijo,
dejarlo orejano...
el cuchillo corrió pal cogote,
y solito se jué desangrando.

La lechuza



-¡Chistt!...
-¡Cruz diablo! ¡Mandinga! ¡Cruz diablo!
¿Qué querrá este bicho?
¿Qué andará rastreando?
que tuitas las noches, de un tiempo a esta parte,
a cada ratito pasa po'este rancho?
Alguien de seguro, jediendo está muerto...
- ¡Chistt!...
- ¡Cruz diablo! ¡Mandinga! ¡Cruz diablo!

Así renegaba Bernardo el boyero
oyendo el chistido, insistente y largo
del ave agorera, mientras ño Cirilo,
el viejo puestero,
después de un amargo,
trenzaba en silencio la soga de un lazo.

- ¿No es verdá, Cirilo, que si la lechuza
al pasar po' encima una casa,
larga tres chisitdos y aúllan los perros...
señal es d'esgracia?
- ¡Calláte muchacho, no digás pavadas!
Ese animalito no hace mal a naide.
A la pobre lechuza le pasa
lo que a ciertas hembras
que toda la vida se quedan en casa
cuidando al marido y a sus pobres güeñis,
y viven muriendo de cansás y flacas.
Son las aparciencias, las que las condenan ´
y así las maltratan.

Mirá la paloma... Toó el mundo dice
que ese pajarraco es una monada,
y pa mí que no hay bicho en la tierra
que más se parezca a una mujer mala.
Se la pasa tó'el día compuesta
juntito a su macho,
aventando sus odios y amores
en la puerta e'casa;
cuando no, con las otras palomas
a destruir los sembrados, se larga.
Mientras tanto, allí queda su nido
solito, sin guarda,
teniendo por plumas
un montón de estierco
y dos o tres ramas.

Pero en cambio, la pobre lechuza
hace el suyo en un hoyo'e la tierra,
al pie de una mata,
y lo empluma y lo pone a cubierto
del viento y del agua.

Cuando es día, si sale, es pa dirse
a la punta de un poste a pararse,
y allí suele pasarse las horas
quietita, en silencio, sin chillar con naide.
Si malquiere, no hay quien lo conozca;
cuando quiere, tampoco se sabe.
Anda sola, y ni aún hay quién colija
ni cuál es la hembra, ni cuál es el macho.
¡Y es muy corajuda!
si le largan un tiro'escopeta
la cabeza agacha,
y pegando un chillido'e protesta
va suave a posarse
a dos o tres postes más lejo'e distancia.

Lo qu'es por la noche, cuando todos duermen,
ella ronda como un vigilante,
pa matar las cuncunas y ratas
que acaban las siembras,
y en el hondo silencio'e la noche
pega esos alertas
que a la gente espantan.

Además... ricuerdo,
que una vez me encontré como un paria,
muy triste en mi'esgracia,
mi mujer se me diba muriendo...
solito yo estaba,
y una pobre lechuza se anduvo
toita la noche volando por casa.
Al principio me dio una impaciencia,
una gana ferzo de matarla,
y después... mucho miedo, y me puse
a hablar contra el cielo,
ella me chistaba...
como si pretendiera prohibirme
de que blasfemara...

Se murió mi mujer y, de pena,
quise dir con ella,
y cuando en mi cuerpo
ya iba a hundir la daga,
un hondo chistido
se prendió'e mi brazo,
y sentí que mi sangre se helaba.
Parecía que Dios me dijera:
condenao te has de ver si te matas.

Después de esa noche, son muchos los años
que llevo pasados en medio'esta pampa,
y ella ha sido siempre la fiel compañera
que al tiro me chista
cada que que trenzo
ideas bagualas.
Es como si juera... mi propia concencia,
y hay que rispetarla.

La lechuza, creéme muchacho,
es como esas pobres mujercitas buenas
que pasan la vida yenándose d'hijos,
sin gozar de nada,
y se van muriendo, llenas de tristeza,
solitas y flacas.

viernes, 18 de julio de 2008

Por eso...




Un cementerio de pueblo
perdido en un pedregal,
“con unas poquitas cruces
y unas matas de radal”.
Va obscureciendo. Un paisano,
ante la tumba olvidada
del hijo, viene a rezar.
Se santigua por dos veces,
y, luego, así le hablará:

Buás tardes m´hijo...aquí estoy.....
aquí tenís a tu padre
rendido de galopiar
por venir a visitarte.
Me han dicho que estás aquí
sepultao, en sitio aparte
pa que no se te confunda
con los otros, pues la tarde
que tan fiero te ultimaron
a traición esos cobardes,
dijeron que, por l´utosia,
aquí debían dejarte.

¡Y no han puesto ni una cruz!
¡Ni tan siquiera una rama
pa que así, de vez en cuando,
un Padre Nuestro te caiga
de los tantos que aquí rezan
pa que se alivien las almas!

¡Bendito sea Dios! ¡El yuyo,
como te ha crecido encima!
¡Mirá si tu pobre madre
supiera que estás ansina;
ella que tanto rogó
a los santos, por tu vida!

¡Pobre vieja...! Aquí tenés
esta corona de flores
de trapo de toda laya
y de tuitos los colores
que te manda, porque el campo
está quemao por los soles,
y no ha hallao ni una florcita
que en nombre d´ella te llore.

Esta rosa es del primer
vestidito que te hicieron;
ésta, qu´es de seda azul,
la sacó de aquel pañuelo
que se compró cuando anduvo
por los boliches del pueblo;
esta, verde, es de la bata
que usó pa su casamiento;
y esta otra...creo que de algo...
de algo que ya no me acuerdo.

¡ Pobre m´hijo! ¡Si supieras
cuanto ha llorado por eso,
y las veces que me dijo:
andá, Jacinto, andá velo,
porque debe estar solito
como un guachito. ¡Andá velo!

Y aquí me tenís...llorando
de estar con vos, y tan lejos
de la viejita, ¡la pobre!
Y lo que pior, muy enfermo,
tanto, que muy fácil es
que me muera como un perro,
solito, mi alma en el campo,
afligido y sin consuelo.

Pero, ¡ que caray! Si estoy
hablándote de mí mesmo
y me voy hasta olvidando
que no he venido pa´eso.

Güeno, m´hijo...agárrese
muy juerte pa´no caerse,
pues voy a contarle todo
lo que en su rancho sucede:

Te diré que el mesmo día
que a tu mujer, le dijeron
que, por qué sé yo qué cosas
en el pueblo te habían muerto,
se puso al tiro, a reyir
y a decir que eso era cuento,
porque a hombres como vos
no los quiere ni el infierno.

Poquitos días dispués
se ayuntó con Ño Ruperto,
el patrón de esos canallas
que te quitaron del medio;
y pude al fin comprender
el por qué te hicieron eso.

¡Pobre m´hijo!...Por estorbo;
porque llorabas por dentro;
por no querer ver las cosas;
por ser demasiado güeno,
güenaso hasta hacer reyir
a los mesmisimos perros.

Yo desde enantes sabía
cómo se entendían esos...
pero nunca te lo dije
porque siempre tuve miedo
de hacerte, al cuete, sufrir
y me dijeras: ¡No es cierto!
¿Porque vos la querías mucho
a esa mujer, no es eso?

¿Pero qué...estás llorando
por lo que te estoy diciendo...?
Güeno m´hijo..está muy bien,
Me callaré si lo ofiendo;
no le diré nada más;
ya puede seguir durmiendo:
Pero yo ya lo hei vengao
y vengadaso, por cierto.
¿Quiere que le diga, m´hijo,
lo que por usté hei hecho?

Anoche me los pillé
pegaditos en un beso,
y ahí nomás me los cosí
a puñaladas... ¡por puercos!

..................................................

No he sabido perdonar,
pero se las di en el pecho
y no en el medio´e la espalda
como a usté le dieron ellos.
Dispués ... los dejé orejanos
pa que aprendieran, ¡Canejo!
Porque si a usté lo mataron,
tan sin asco, jué...por eso;
porque usté les estorbaba,
por eso, m´hijo, por eso.






Silbando



Ella le pedía
con honda tristeza:

-No silbes, Lisandro.
¿No ves que silbando me apenas?
¡Si tienes un silbo, entre dientes,
que en vez de tonada
parece un llorare,
parece una queja!

Con ese tu silvo,
Lisandro, ¿te acuerdas?,
marchabas de niño a los cerros;
y en tus soledades,
con cabras y piedras,
pasabas, silbando, silbando,
las horas enteras.

Con ese tu silbo
que me desespera,
te vide, ya hombre,
en busca 'e cariño
llegar a mi puerta.
Con ese tu silbo
te vide alejarte
dejándome sola
y llena 'e vergüenza.

Con ese tu silbo
te vide ayer tarde
llegar por la güeya,
cruzado en la cruz de tu bayo
trayendo a nuestro hijo
como una maleta...
Y allí lo enterraste,
silbando, silbando,
juntito a la tumba
de tu pobre vieja...

¡No silbes, Lisandro,
¡Por Dios, te lo pido!
¿No ves que al oirte
silbando, silbando,
el alma presiente
desgracias muy negras?

No silbes, Lisandro,
que, en vez de tonada, tus silbos
parecen que fueran
aullidos de perro
que nos anunciaran
una mala nueva.
................................
Y él, indiferente,
silbando, silbando
entre dientes,
oía a la pobre...
como si lloviera.
...............................
Le mataron un hijo a Lisandro
en una pelea.
(Hay quien dice que fue el comisario,
a causa de un'hembra).
Y después de enterrar a su gueñi
juntito a su vieja,
y afilar como luz un cuchillo,
por saber si es verdad lo que cuentan,
sin siquiera volcar una lágrima,
sin siquiera volver la cabeza,
al tranquito, montado en su bayo,
del palenque, hacia el pueblo, silbando,
silbando entre dientes,
se aleja.

Muy cerquita del rancho'e Lisandro
hay tres cruces, de dos que antes eran.
La mujer, que enfermó del disgusto,
para siempre descansa en la tierra;
y en Bahía se encuentra Lisandro,
pagando su hombrada,
metido entre rejas.

Parece que en cuanto aquél día
silbando, silbando entre dientes,
al pueblo llegara, y supo la cosa cual fuera
sin decir una palabra
pilló al Comisario,
cobróle su cuenta,
asestándole en medio'e la guata
una puñalada
por cada una legua
que llevando el cadáver del hijo
Lisandro anduviera...
Y la gente calcula
que del rancho'e Lisandro hasta el pueblo
hay diez y ocho legüitas, apenas.