sábado, 6 de octubre de 2012

Pantaleón Correa

(Pintura: Eleodoro Marenco)

 
Era Pantaleón Correa
un gaucho alto, delgado,
vestía chiripá ajustado
y faja rojo punzó.
Éste detalle importante
los distinguió a los rosistas
y él estaba en esas listas
por las que tanto luchó.

Su fama es de hace mucho
de más allá de Caseros,
maduró entre cuchilleros
haciendo de visteador;
su vida fue su coraje
manejando su cuchillo.
Guapo de aspecto sencillo
pero hábil peleador.

Él nunca buscó pendencia
aunque andaba bien despierto
porque nunca escondió el cuerpo
en ningún lugar que entró.
Era de pocas palabras
pero seguro de fijo
que se llevaba un barbijo
aquél que lo provocó.

Fue otro gaucho de mi tierra
el compadre que les mento,
era de esos que no es cuento
y no del que se la dan.
Siempre andaba bien montado,
siempre luciendo su moro
su rancho era un decoro
por la "Guardia de Luján".

Una vuelta en una esquina
había unos guitarreros
con unos cuantos troperos
acompañando un cantor.
El que improvisaba dijo:
-"Cuando canto me destapo
y cuando le canto a un guapo
me siento más payador".

Reventó una carcajada
en el ambiente al momento
y un ponchazo al instrumento
le hizo enmudecer el son.
Pantaleón los miró y dijo:
-"Uno provocó cantando...
no los voy a andar contando,
los que pelean: ¿quiénes son?".

 El primero que se vino
quiso darle un talerazo
y Pantaleón de un planazo
contra el suelo lo acostó.
Cuando vio que lo encaraban
dos con furia enceguecida
a uno lo despachó enseguida
y al otro... lo perdonó.

Ahi nomás ganó la puerta,
saltó más veloz que un rayo,
y en cuanto llegó al caballo
soltó el cabresto y montó.
Adentro quedó el revuelo
de un muerto en la pulpería
y hablaban al otro día
que del pago se marchó.

Otra fue en un reñidero
corriendo en mil ocho ochenta:
Quiso hacerle rendir cuenta
un cabo y un oficial,
una apuesta en esa tarde
se enlutó por algo serio
fue un milico al cementerio
y su jefe al hospital.

Después en otro boliche,
charlando con el pulpero
llegó un mozo cuchillero
alardeando de matón:
-"Me llamo Aniceto Gómez,
de Chivilcoy he llegado
buscando a un guapo mentado
que se llama Pantaleón".

-"Aquí me tiene mi amigo,
espero que no se asombre!"...
-"¡Pucha que está cerca el hombre!,
¿sabe que vengo a peliar?".
Pantaleón ganó la calle
y Gómez con todo orgullo
cuchillo en mano, detrás suyo
porque lo  quería probar.

Se miraban fijamente,
relucían los cuchillos,
los chispazos y sus brillos
se mezclaban con la luz
que el sol les daba a los guapos
que lucían su destreza
exponiendo en su guapeza
por cada uno, una cruz.

De repente en pleno duelo,
un cochero que ha llegado
su caballo le ha tirado
como haciendo un real favor.
Ahí se paró la pelea
y los grandes gladiadores
como dos grandes señores
se dan las manos los dos.

Se marechó el Chivilcoyano,
lo hizo igual el Mercedino;
este modismo argentino
ya no es del tiempo de hoy.
Uno murió en San Antonio
de Areco, ahí perdió el pellejo
y el otro murió de viejo
en su pago: en Chivilcoy.