martes, 9 de octubre de 2012

El silencio de un cencerro




Voy a narrar unos hechos 

de unos cuatreros sin código,
que roban una tropilla 
y más que pena, dio asco!
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Fue una historia terrible
para el que am'a los caballos,
en la noche de un febrero
estando en silencio el campo,
amparados en las sombras
unos cuatreros baratos
se roban una tropilla
del potrero en "El Durazno".
Clavándole en el alma
un gran dolor a un paisano.

La madrina era muy mansa,
de agarrarla en cualquier lado,
y costeando una laguna
se fueron marchando al tranco.
Mas como el candado solo
le cortaba el libre paso,
sin problema lo rompieron,
luego siete hilos cortaron
y orillando el canal "nueve"
fueron la tropa agrandando.

Después todo fue impotencia,
angustia, rabia, arrebato,
en alguien que vivió siempre
de su esfuerzo, trabajando.
Sin molestar nunca a nadie,
su vida era el caballo;
le arrebataron quizás
su tesoro más preciado:
¡una tropilla completa,
nobles pingos de trabajo!

Fletes nuevos y sanitos
de lindo andar, nuevos, mansos;
todos, junto a la madrina,
de agarrarlos en el campo.
Bajarse, dejarlos sueltos,
quedar tendidos del lazo
eran cosas cotidianas...
¡Por eso es que causa espanto!
¡Es indignante pensar
que los mandaron al tacho!

Y cuánta rabia que causa
escuchar los comentarios:
"Han de haber sido gauchones
pa cometer ese atraco"
¿Gauchos?... ¡Nunca pueden ser
si le roban a un paisano!
¡Peor siendo conocidos,
traicionaron con descaro!
Llevándose los cobardes
su herramienta de trabajo.

Dijo Hernández en su libro
algo que es real y muy claro,
"Siempre un gaucho necesita
un pingo pa fiarle un naco",
¿Puede ser gaucho?, pregunto,
¿quien roba un caballo manso?
y lo manda al frigorífico,
siendo nuevo, estando sano,
¡por tres pesos miserables
que le dio el intermediario!

Podrán decir que son "tipos"
capaces y muy baqueanos,
que saben desempeñarse
en cualquier tarea de campo,
¡pero "GAUCHOS", no, mi amigo!
ese término es sagrado...
Si no tienen dignidad
y la pasan rapiñando,
al margen de la justicia:
¡son mal paridos, no gauchos!

El destino caprichoso
tal vez quiso sin embargo,
que el cencerro marca "Ciervo",
se salve del arrebato.
Justamente porque el dueño,
tiempo antes, como un presagio,
lo desprendió de la yegua
resguardándolo en su rancho,
¡si un silbido le bastaba
para rodearlos a campo!

Tampoco fue mucha azaña
la que ese día realizaron,
agarrando la madrina,
¡si eran perros los caballos!
La seguirían donde fuera,
podrían cargarlos rápido,
testigos hay, son testigos
que oido y visto algo
pero como siempre pasa
nadie quiere hacerse cargo...

"Me pareció", "puede ser",
"tal vez fulano o mengano",
"uno montaba un rosillo,
llevaba gorra de vasco",
pero lamentablemente
llegan muy tarde los datos.
Y aunque al fin, todo se sabe,
lo triste y cierto del caso:
los cuatreros andan sueltos
y la tropilla en el gancho.

La madrina overa negra
con cría se la llevaron,
un overo, un malacara
y otro overo colorado,
dos tobiano, dos tordillos,
 junto a ellos, tres picasos,
de los cuales tenía uno
un manchón blanco en el cuarto.
Los doce rumbo a la muerte
dejando a pie a un buen paisano.

Ni idea tienen del dolor
que a su dueño le causaron
que despierta por las noches
soñando con sus caballos...
Juró no hacer más tropillas
después de aquél trance amargo.
El cencerro en el galpón
su voz de bronce ha callado
y tristemente parece
un lagrimón... su badajo.