lunes, 8 de octubre de 2012

La carrera



Nace una tarde estival
de embriagadora hermosura,
y la luz del sol fulgura
como encendido cristal;
entre un monte y un maizal,
más rubio que el sol del día,
ostenta la pulpería
los hierros de su ventana,
que con hojas se engalana
y con flores se atavía.

Del maizal al arbolado
hay un sendero, en que crece
un viejo ombú que parece
pajarera en despoblado,
donde el viento embalsamado
por la pasionaria en flor,
al quebrarse en el verdor
gime con son lastimero,
y donde anida un boyero
que es un soberbio cantor.

En la tarde de aquél día
se agita, de gauchos llena,
con rumores de colmena,
la campestre pulpería;
bajo la enramada umbría
que dulce sombra le dá,
el mate corriendo está,
está la taba rodando,
y una guitarra trinando
con arpegios de sabiá.

Una morocha encantada,
cuya vista es acicate,
templa lo amargo del mate
con la miel de su mirada;
linda diamela brotada
en la zona del pampero,
es tan suave y hechicero
su perfume soberano,
que se para sobre el llano
para mirarla, el crucero.

La prodiga la reunión
esa lisonja elocuente
que hace vibrar dulcemente
las cuerdas del corazón;
pero ella, cuya pasión
esconderse no procura,
cuando alaban su hemosura
vuelve la vista, bizarra,
al que tañe la guitarra
bajo la enramada obscura.

Un zambo, de tez curtida
por el sol de la pradera,
y que a la moza hechicera
habla con frase atrevida,
llegándose con fingida
indiferencia orgullosa,
a un alazán que reposa
junto al joven guitarrero,
dice: -"Le corre mi overo
a esta rapidez famosa".

-"Si la cola es de su agrado,
no pudo elegir mejor"-.
responde alegre el cantor
al mirarse desafiado;
responde el otro, enconado,
con brusco y torvo ademán,
vengando en el alazán
los celos devoradores
que le inspiran los amores
del guitarrero galán.

Ya la reunión, dividida,
titubea entre el overo
y el alazán, que es ligero
como un soplo en la partida;
con la mirada encendida
por un reflejo infernal,
muestra el zambo a su rival
el overo de que trata,
que es un arroyo de plata
de la testera al pretal.

-"La daga que mucho brilla
no es la que corta mejor"-,
dice sonriendo el cantor,
y el alazán desensilla;
sale, después, la cuadrilla,
hasta dar con el sendero,
miden el campo, y ligero
como avestruz asustado,
arranca el zambo el recado
de los lomos del overo.

El sol, con ráfagas llenas,
pinta de rojo la altura,
y su reflejo fulgura
en las grandes nazarenas;
la miel hierve en las colmenas,
el moscardón en la umbría
se embriaga con la ambrosía
de la flor envuelta en llamas,
y el lagarto sus escamas
tuesta en el horno del día.

Del sol el hirviente lloro,
cayendo a plomo del cielo,
del alazán en el pelo
brilla con cambiantes de oro;
y cuando el casco sonoro
del lindo flete, golpea
del campo de la pelea
la superficie agrietada,
la gramilla maltratada,
como quejándose, humea.

Al fin alazán y overo,
haciendo crujir la rienda,
dan en copiar la contienda
de la nube y el pampero;
parten con empuje fiero
como salto de felino,
y se estremece el camino
por donde sus sombras van,
que es un rayo el alazán
y el overo un torbellino.

Poco el combate duró,
que en su frenética huida
la nube de oro vestida
más que el huracán corrió;
el paisanaje aplaudió,
mientras rojo de fiereza,
y sin volver la cabeza
ni sujetar al overo,
se hundía el zambo ligero
en la cercana maleza.

Con bulliciosa alegría,
abandonando el camino,
torna el grupo campesino
a la agreste pulpería;
bajo la enramada umbría
que amustia la luz solar,
vuelve el mate a circular,
vuelve la taba a correr,
y la guitarra a tañer
y el payador a cantar.

Al fin, con pausado vuelo,
cuelga la noche callada
su vestidura enlutada
por los confines del cielo;
pero rasgando su velo,
la faz de la luna asoma
sobre la desierta loma
y sobre el campo florido,
que queda blanco y dormido
como una inmensa paloma.

Entonces, al trote lento
del alazán vencedor,
y acariciando el cantor
por amante pensamiento,
cruza el llano cuyo aliento
huele a trébol perfumado,
y del bosque enmarañado
entre los troncos se pierde,
bajo el cortinaje verde
por la luna plateado.

De pronto, tras un cipó
que rastrero el monte alfombra,
se alzó del zambo la sombra,
y un reto a muerte se oyó.
-"Naide al ñudo me esperó"-,
dice altivo el guitarrero,
y descabalgando fiero,
su daga, que al aire brilla,
hace chispear la cuchilla
del corredor del overo.

Con el aliento agitado,
ágil el brazo nervudo,
y convertido en escudo,
el poncho, a tientas doblado,
los dos, con empeño airado,
giran en danza infernal,
chocan puñal con puñal,
se embisten con rabia ciega,
luchan y caen en la brega
arrastrando a su rival.

Sólo el payador se alzó,
de roja sangre cubierto,
y la luna sobre el muerto
su blanca lumbre tendió;
raudo galope se oyó,
quedó mudo el bosque umbrío,
lentamente en el vacío
las estrellas se alargaron,
y las aves despertaron
entre guardas de rocío.