domingo, 7 de octubre de 2012

El Cabo Rojas

(Pintura: Jorge Campos)



Con un gesto que lo alabo
en un overo pasuco
lo conocí en Chacabuco
a Rojas, cuando era cabo;
más bullanguero que bravo,
cuentero y balaqueador,
cuantas veces al sabor
de la caña, sorbo a sorbo,
lo vi con el sable corvo
golpear sobre el mostrador.

Siempre repitiendo hazañas
de sorpresas y entreveros,
peleas con los cuatreros
que asolaban las campañas;
vichando las alimañas,
el monte y el campo raso,
en guardia contra el zarpaso
del pampa y del gaucho alzao,
a gatillo levantao
y las armas sobre el brazo.

Como era un viejo liero
él siempre andaba a la pesca,
cualquier chisme, en cualquier gresca
en saberlo era el primero;
sabía del pago entero
la vida de cada cual,
embustero y como tal
por entrometerse en todo,
le pusieron como apodo
del diarito matinal.

¡Vieran! viejo mentiroso
capaz de pasarse el día,
comentando una avería
de sus épocas de mozo;
de algún coloquio amoroso
de halago para su ser,
-"¡Antes! me hacía valer"
y cuando empinaba el taco,
era mesmo que el mataco
de duro para ceder.

"Suertudazo para un quiero
en las fiestas cariñosas,
por la elección de las mozas
yo era siempre bastonero;
¡y cantor! que ni el jilguero
me podía competir..."
tan lindo sabía mentir
que al redor del cabo Rojas
se pasaba sin congojas
una noche sin dormir.

Lo acusaba crudamente
la mala voz de las chinas,
que era para las gallinas
un zorro de muy buen diente,
de pasada solamente
se arriaba medio criadero,
cuando en el pasuco overo
Rojas, por los ranchos ronda,
todo el barrio a la redonda
vigila su gallinero.

En una choza del bajo
vive el viejo Goyo Agüero
criollo zaino, pendenciero,
pegador como un badajo;
puedo decir sin atajo
que no hay dos mandrias como él,
provocaba en forma cruel,
con gestos y paradojas,
la fama del cabo Rojas
con quien estaba de yel.

En alta voz repetía:
-"A fe que me llamo Goyo,
a mí no me roba un pollo
Rojas, con su zorrería";
así un día y otro día
oyéndolo balaquear,
Rojas se dentró a enconar
por el desafío impropio,
y afirmó por amor propio
que se los iba a robar.

Don Goyo al pie de la puerta
del gallinero abrió un pozo,
muy hondo, bien espacioso
que era un centinela alerta.
Tapando la boca abierta
en forma tan singular,
que al que llegara a pisar
abajo, a plomo se iría,
y de donde no saldría
si no lo iban a sacar.

Cuerpiando de escollo a escollo
una sombra agazapada,
se acercó una madrugada
al gallinero de Goyo;
llegó hasta el borde del hoyo,
sobre la trampa pisó,
Rojas se precipitó
cayendo al fondo del pozo,
y como en un calabozo
aprisionado quedó.

Pasó un día y otro día,
era un vivo comentario,
a tres columnas un diario
relató su valentía;
celosa la policía
muchos ranchos allanó,
de todo el que sospechó
no se escapó de su garra,
ni del cepo, y de la barra
cuanto linyera cayó.

Don Goyo con alborozo
mamao en la pulpería,
en alta voz reptía:
-"¡Rojas estará en el pozo!,
Dejuro que cayó el mozo
en la trampa que hice yo",
y tanto lo recalcó
que de curioso el pulpero,
se jué hasta el rancho de Aguero
y en el pozo lo encontró.

La sorprendente noticia
como una bomba cayó,
de labio en labio corrió
la bella y sabrosa albricia;
fue una risueña noticia
para todo el pago entero,
cuando en el pasuco overo
lo pasaron esposao,
con rumbo para el juzgao
desde la trampa de Agüero.

Lo que Agüero se enteró
que Rojás cayó en la mala,
de su corazón de tala
un gesto gaucho surgió;
frente al juez dijo: "Jui yo,
que a mi rancho lo llevé,
y llegamos después de
vaciarnos la madajuana,
no recuerdo en la jarana
si se cayó o lo empujé"...