martes, 9 de octubre de 2012

Incendio


(Pintura: Molina Campos)

 
En los días de calor
cuando el sol vuelca inclemente
sobre el campo incandescente
su caudal abrazador,
como por calmar su ardor
bajan al río las cuestas
y en las márgenes opuestas
cuelga el zarzal en sus garras
las flautas de las cigarras
encendidas en las siestas.

¡Quién no ha visto en los pajales
rubio de sol y de llama,
cuando el incendio derrama
sus ímpetus colosales!,
invaden los esterales
sus legiones destructoras
y en el fragor de esas horas
de fatal desasosiego,
van destemplando en el fuego
sus facones las totoras.

Las llamas parecen hadas
de los reinos encantados,
que con sus trajes dorados
van de las manos tomadas.
El viento en las hondonadas
su ígnea cabellera enriza,
y con violencia y con prisa
en siniestros remolinos
se levantan torbellinos,
torbellinos de cenizas.

Cuando el viento con sus manos,
con sus manos invisibles,
le da empujones terribles,
empujones soberanos,
ellas corren por los llanos
tendiendo sus mayas finas
y trepan a las colinas
hasta los confines mágicos
como bailarines trágicos
danzando sobre las ruinas.

Y la función imponente
en maravilla quedó,
cuando el coloso abrazó
el destertor del poniente,
quedó el campo incandescente
humeando, poro por poro,
y bajo el cielo incoloro
es la tade agonizante
una princesa gigante
con la cabellera de oro.

Y cuando el cielo sombrío
hacia el sur tira su cruz,
y pasan bichos de luz
pitando su pucho frío;
cuando el apuro del río
de extraño rumor se viste
y al hondo silencio embiste
con su cristalina hebra,
cae la noche triste y negra
sobre el campo negro y triste.