miércoles, 24 de julio de 2013

La rebeldía gaucha




Cuando dejé mi ranchada
pa'hundirme en otras regiones,
lo hice con diez redomones
y una baya anaranjada;
pensando en las madrugadas
que desd' entonces tendría,
mientras que el gallo dormía
churrasquié y le di al amargo
porque el camino era largo
y trabajo no tenía.

Por eso cuando el lucero
venía en el este asomando,
yo ya le estaba apretando
a un tordillito el carguero;
sobre unos bastos laderos
puse tientos y maleta,
donde llevaba galleta,
carne, yerba y soguerío
y dos ponchitos pa'l frío
remendados con loneta.

Despué'ensillé para arriar
un rosillo colorao,
todavía de bocao
y aplicao a corcoviar.
Mas cuando lo fuí a montar
pegó como un remolino,
pero yo le sabía el tino
y nunca le daba tregua,
y con un silbo a la yegua
eché los pingo'al camino.

Tomó la baya la punta
y el tallido del cencerro
fue despertando los perros
que atropellaban en yunta.
Y cuando el viento rejunta
del campo las resonancias,
miré pa'trás con las ansias
de regresar en la vida
y ví que al "Choique" Magüida
lo tragaba la distancia.

Y fueron muchas las lunas,
soles, vientos y agüaceros;
que me hayaron sin alero
pero con fe por fortuna.
Y en diferentes lagunas,
bañé mis ansias viajeras;
y ansí alguna primavera
me encontraba reseriando
o muchas veces domando
y acampando en las taperas.

Una vez que en lo de Gómez
estaba, me habló Nahuel,
que pa'l lao del Choele-Choel
necesitaban quien dome.
Por eso antes que asome
el sol, yo ya había ensillao,
pa'cruzar el Colorao
y entrarme en el Río Negro,
en un redomón del suegro
del gaucho Nicasio Aldao.

Pero ni bien entré al puente
me atajó la policía,
diciéndome que quería
en mis caballos recientes:
la marca fresca y patente,
certificao de inyecciones,
guías y de exposiciones,
¡tremendo papelerío!,
pa'poder cruzar el río
como la ley lo dispone.

Quise explicarle que yo
ignoraba todo eso,
y que venía del espeso
monte que el Indio habitó.
Pero el hombre no escuchó
y en su afán de compadrear,
dijo: "No puede pasar
y no hable porque lo encierro",
y mirándome a lo perro
me hizo seña'e regresar.

Por eso es que resignao
pegué la vuelta indeciso,
y bajo un sauce macizo
desensillé mi montao.
Dejé un redomón atao
y manié las encerreras
para buscar la manera
de cruzar a la otra orilla,
aunque para mi tropilla
el río no era frontera.

Allí me quedé pensando
y aunque a la ley la distingo,
pensé de que con mis pingos
tendría que cruzar nadando;
en eso venía boyando
un bulto negro machazo
y era un potrillo picazo
que el "Colorao" se llevaba
y en su corriente mostraba
que en enero no da paso.

Pero yo tenía apuro,
un rumbo y una distancia
y aparte porque en su estancia
me esperaba don Arturo;
por eso monté un oscuro
y con la yegua de tiro,
entré al río y un suspiro
dí tremendo de pavote,
cuando el agua hasta el cogote
se me vino como tiro.

Sufrí lo que no esperaba
cuando se me hundió el montao,
por no sacarle el bocao
mientras qu'el pingo pisaba.
Si no lo largo me ahogaba
y aunque nadar no me cuesta,
con toda la ropa puesta
es más difícil boyar,
y hasta pensé no llegar
jamás a la orilla opuesta.

Perdido al medio del río
cuando ya todo es neblina,
alcancé a  ver la madrina
que nadaba cerca mío.
Hice un esfuerzo bravío
contra las aguas pujantes,
alcanzando con aguante
a prenderme de la cola
de la madrina que sola
iba nadando adelante.

Luego escuché la tropilla
que nadaban en hilera,
y la baya como fiera
iba buscando la orilla.
Después, la cosa es sencilla,
salí aunque algo acalambrao
y cuando ya muy cansao
me senté en un cuesta bajo,
vi que un poco río abajo
salía el oscuro ensiyao.

Perdí una daga de plata
que llevaba en el recao
con un rebenque trenzao
recuerdo'e mi finao Tata,
pero según don Luis Matta
lo cruza el puma y el chancho
pero esa vez estaba ancho
por eso no fue de gusto,
que me salvé con lo justo
de ser carne de carancho.

Le dí las gracias al cielo,
tremendo que me ilumina,
y acaricié a la madrina
desde la clin hasta el pelo;
luego monté sin recelo
con el pilchaje mojao,
y desde entonce'e pensao,
puesto que voy trabajando,
cruzo el Río Negro nadando
como crucé el Colorao.

Puse en la senda virtud
como algo que no se humilla,
y volví a arriar mi tropilla
pero con rumbo al Chubut.
Cayó al fin con lentitud
aquél cencerro cuadrao
y hoy que los año'han pasao
llevo en mi canto Argentino,
el polvo de mil caminos
sobre mis hombros cansao...