jueves, 23 de junio de 2011

Se la regalo compadre


Mi amigo Juan Ballester
es un mentao domador,
sin vicios, trabajador
y dispuesto pa un quehacer.
Nada tiene que aprender
de ningún hombre campero,
porque piala, es buen resero,
sabe esquilar sin revés,
y a mostrao más de una vez
que es un prolijo soguero.

Como el paisano es casao
a una hora en que lo hallara,
fui pa verle un malacara
que él mismo me había ofertao.
-"¡Pero abajesé, cuñao!",
me dijo en tono afectuoso,
y aunque yo soy respetuoso
ni bien pasé a la cocina,
dentró a mirarme la china
como a sapo de otro pozo.

-"Pepa"... -le dijo el paisano
con sus mejores moditos-
"cebate unos amarguitos
vos que tenés buena mano".
La moza, de pelo ruano,
en vez de mostrarse atenta
le contestó por su cuenta
con ganas de que se arme:
-"¡No entrés a capataciarme
que yo no soy tu sirvienta!".

El hombre de avergonzao,
queriendo arreglar las cosas
me dijo que de mimosa
ansina le había contestao.
Yo en silencio y él callao,
yerbiamos al lao del fuego,
y ella quebrando el sosiego
le dijo: -"¡Juan apurate,
largá enseguida ese mate
y andá a carniar un borrego!"

Y Juan, pa disimular,
o quedar mejor conmigo,
le dijo: -"Pepa, a este amigo
quiero invitarlo a cenar".
Pero ella sabía trotar
hasta con manea redonda,
y ansí fue, que muy oronda
y con el ceño fruncido,
le dijo fuerte al marido:
-"¡Aquí en mi casa no hay fonda!".

Casi ni quiero decirlo,
la rabia que me agarré,
que hasta el rebenque tantié
con ganas de darle un chirlo.
Ella, que pudo alvertirlo
se acarició la melena,
salió pa afuera serena
y con su genio de fierro,
le dio una patada al perro
que estaba atao a cadena.

Por el bagual, Ballester,
ciento diez pesos pidió
-después que lo ponderó-
y yo cien llegué a ofrecer.
Y al no quererme mover
de los cien que había ofertao,
la moza que había escuchao,
gritó con su tono bravo:
-"No le bajés ni un centavo
y que lo pague al contao!".

Le negocié el malacara...
y ni bien cerramos trato,
le di la plata en el acto
pa que la "ruana" no hablara.
Y como quien no repara
si era oportuno el momento,
al dirme, cordial y atento
lo saludé a Ballester,
y le dije a su mujer:
-"¡Que le vaya bien Sargento!".

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