viernes, 29 de abril de 2011

Sintiendo

(Pintura: Pablo Uriburu)
Ha vuelto al pago. Se viste
con el color de la pena
y su mirada serena
tiene fulgores de triste.
Una congoja persiste
a la que rinde tributo,
la busca en cada minuto
porque al tocarla se alegra,
y lleva el alma más negra
que su golilla de luto.

Sabe que entre el paisanaje
se refiere y se comenta
una tragedia sangrienta,
mentada en aquél paraje.
Y aunque le sobra coraje
no puede dar al olvido
que el muerto, por él sentido
con invencible lamento,
le dió la vida, el sustento,
caricias y un apellido.

Nada achica su dolor,
nada rebaja su duelo
y sólo anhela el consuelo
de encontrar al matador.
Por eso anda en derredor
del vagabundo homicida,
para cobrarle una vida
que debe pagar resuelto,
golpe por golpe, sin vuelto,
y herida por cada herida.

Recorre día tras día
los sitios más frecuentados,
escudriña los bañados,
revisa la serranía:
y cuando el sol se desvía
tendiendo su cola oscura,
él, con amarga ternura,
pasa la noche en los bajos,
contando cientos de tajos
que abren su sepultura.

Al fin en un totoral
adorno de una cañada,
tuvo la dicha deseada
de dar con el criminal.
Brilló el hambriento puñal
para ultimar al matrero,
cuando un grito lastimero
de un niño dijo: ¡lo mata!
...¡deje vivir a mi tata
porque yo mucho lo quiero!

Quedó el brazo detenido
y el vengador sintió chucho...
-¿Con que vos lo querés mucho
a este terrible bandido?
Si cobro lo que he sufrido...
... dejuro... vos lo pagás...
yo no soy malo de más...
y aunque muy poco me cuadre,
borrego... te dejo padre
porque vos lo precisás.

Montó a caballo enseguida
sin mirar al asesino
y emprendió nuevo camino
para su casa afligida.
Ya no estaba comprimida
el alma del hijo ardiente;
y refrescaba su mente
pensando que había salvado
de que le hubiese pagado
un hijo que era inocente.

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