domingo, 24 de julio de 2011

Una carrera




A la estancia "La Ilusión"
p'alzar un ganáo llegamos,
y, ni bien desensillamos,
encendimos el fogón.
Al rato, cayó el patrón
y en el suelo se sentó,
con nosotros amarguió.
Era un hombre campechano,
muy carrerista -el bayano-
según después resultó.

Dijo qu'era (el estanciero)
carrerista de afición,
y entró en la conversación
más de un caballo lijero.
Y nos mostró un parejero,
con trompeta y enmantáo;
era un pingo coloráo
de todas partes bonito,
largo de abajo, y finito
que parecía un venáo.

Le almiramos con razón
aquel precioso animal
que valía un dineral,
y lo entraron pa'un galpón;
regresamos al fogón
y el hombre quedó, en cuclillas,
contándonos maravillas
hechas por aquél tesoro
y averiguó por un moro
que venía en las tropillas.

Le contesté qu'era mío.
-"Se le anima au coloráo?"
-"Si estuviera levantáo,
por lo menos, el rocío..."
-"Eu vi pasar, e confío
qu'es cabalho liyerón...".
-"Guapéa en tiro cortón,
pero, pa'su coloráo,
le ha d'estar faltando estáo,
y a mi cinto un patacón".

-"Si le aflueja o tirador
corremos por los caballos...
Esos redomóes balhos,
¿no son suyos?" -"Sí, señor".
Y atamos el potriador
de una tremenda carrera
que corrió por la frontera,
d'estancias a pulperías,
con plazo de siete días
pa'bajarles la bandera.

Yo, al moro, le acomodé
a cuchillo los candáos,
y los vasos encebáos
varias veces le foguié;
tan pronto lo levanté
a mi dócil parejero,
que, al mirarlo, el estanciero,
como al quinto o sexto día,
dijo... "que no parecía
el cabalho de um tropero...".

Cuando el domingo llegó,
estaba la pulpería
con tanta gente, ese día,
que ni Aparicio reunió.
En mi moro llegué yo,
ensilláo qu'era un primor;
liviano y observador
era un gato pa'orejiar,
muy tranquilo pa'trotiar,
aunque muy escarciador.

A las sendas me acerqué,
saludé la paisanada,
me apié junto a una enramada
y áhi nomás desensillé.
Me lo tuvo Iyazuiré
pa'yo templar el garguero;
pasó el otro parejero
con una manta nuevita
y una inscripción parejita
con el nombre de "Pampero".

Al caballo coloráo
esa ocasión lo corría
un negrito, que tenía
un gran tatuaje grabáo,
el chiripá levantáo
con las puntas añudadas,
camisa a franjas rosadas
de rota que daba penas,
y las grandes nazarenas
sobre el pie descalzo atadas.
-o0o-
Cuando a las sendas dentramos
le dije al brasilerillo:
-"¿Dicen qu'es como cuchillo,
de cortador, en el "vamos"?
-"Nu es certo, mas si largamos
y llega a salir cortáu,
nu olvide qu'es coloráu,
cabalho muito liyero,
que si de un lau es pampero
pampero es del otro láu".

-"Yo al pampero lo he dejáo
hecho polvo en el camino...",
le dije, al negro ladino,
mirándolo desconfiáo.
-"Este verano he ganáo
varias carreras de viaje"
Y el moreno del tatuaje
se acomodó un cinturón
con cinco de munición
pa'emparejarme el quilaje.
-o0o-
La tarde estaba volcada
sobre la inmensa frontera,
uniendo la azul esfera
y la campiña dorada.
Capas, golillas terciadas,
bicharases y bayetas,
como bandadas inquietas
aletiando se paseaban,
y las sendas nos mostraban
sus rígidas bayonetas.

Brillaban a la pasada,
como espejos siderales,
batícolas y pretales,
estribos y cabezadas.
Ricaza esa "bayanada",
casi todos hacendáos...
Tanta plata, los recáos,
relámpagos encendían,
y las libras relucían
sobre los ponchos listáos.

Al verse entre ajena gente,
un paisano pobretón,
si no es de temple durón
se achica completamente;
si llegaba un exigente
como a obligarme a jugar,
lo escuchaba sin mirar
y me quedaba calláo,
igual qu'el toro empacáo
escarbando pa'peliar.

Si el diablo hubiera venido
luciendo el poncho escarlata,
pa'pararlo al pago a plata
al diablo me habría vendido;
jugador de talla he sido
y no pierdo la cabeza,
y, aunque con dura entereza
soporté mucha topada,
nunca sentí tan pesada
sobre el alma la pobreza.

Huérfano de aparcería,
de mi láo ninguno estaba.
Tan solo, me agigantaba
cuando más solo me v'ía!
Iyazuiré no tenía
ni plata, ni fe, ni nada.
Como muerta la mirada,
cuidando el apero mío,
contemplaba aquel gentío
con su gran tristeza aindiada.

Yo, ya llevaba jugáo
el último bayo ajeno,
madrina, cencerro, freno,
rastra, facón y recáo.
-"Hay que ganarle cortáo
(le hablaba al moro) a ese gruyo:
jugué lo mío y lo suyo,
y, a'nde nos bajen la mano,
no se me haga el lerdo, hermano,
qu'he jugáo libras de orgullo".
-o0o-
El negro lo atropellaba,
lo paraba, se volvía
al tranco, lo detenía,
y a los marcos lo apuntaba.
Allá cuando lo largaba
como al mandáo de un pañuelo,
giraba el polvo en el suelo
en un círculo cerráo,
como el gato que le ha erráo
un "viaje" a una mosca en vuelo.

Pusieron sentenciador,
tercero y abanderáo,
y, a medio tiro, apostáo,
un sargento de "vedor".
El negro, muy tajiador
quiso hacerse el remolón.
Sobrándole la intención
le grité, medio arrogante:
-"Te v'ía largar por delante
p'avergonzar tu patrón...".

Santo remedio!... Largamos,
y me le pelé de abajo;
tan provechoso jue el tajo
qu'el negro se ahogó en el "vamos".
Allá cuando nos miramos
por sobre la polvadera,
iba como si quisiera
ensartarme con un ojo...
Parecía, el negro, un abrojo
enredáo en la clinera.

Muy sangrudo el coloráo
se me empezó a aproximar;
viera el gauchaje gritar
con usura, entusiasmáo.
Al cuadril me había llegáo
y se corrió hasta el fiador,
pero el moro, aguantador
en cien varas, s'estiró
en tal forma, que gritó:
-"Con luz!", el sentenciador.
-o0o-
Juí a'nde estaba Iyazuiré,
me bajé del fatigáo,
me apié junto a mi recáo
y a ensillarlo comencé;
tranquilo otra vez, monté
y, al tranquito entr'el gentío,
empecé a cobrar lo mío,
más humilde que altanero,
echáo p'atrás el sombrero,
pero enteramente frío.

El dueño del coloráo
se me acercó, campechano,
me apretó juerte la mano
y me dijo: "Casteyao
si su moro me ha ganáo
de juro jue por meyor,
es cabalho superior
e se me ocurre que nu hay
ni en Brasil ni en Uruguay
quien se le ponga al fiador".

Le pagué con mi habitual
sonrisa, porque escuchaba
a un viejo que me gritaba:
-"Me ha ganáu um dineral;
aquí tene su pretal,
aquí tene su facón,
y además este montón
de libras ganó tambén:
ha de ser perto de cen
cóntelas con atensón...".

Otro trajo mi madrina,
y en la maleta campera
volcó plata brasilera
muy brillante y cantarina.
Un mozo de l'Argentina
me pagó de güena fe,
y yo mismo le ayudé
a apartar de otros caballos
los seis redomones bayos
que, siendo ajenos, jugué.

Y así, todos los paisanos
me pagaron las paradas
aquella tarde jugadas,
orientales y "bayanos";
pero un tal Yuquita Ramos
un pingo overo rayó
y altanero me gritó,
como a quererme asustar:
-"Si usté es capaz de aguantar,
al moro le gano yo!".

-"¿Con ese mal enfrenáo?"
-"Con ese padrillo overo,
que no se llama Pampero
pero es muy apamperáo".
El dueño del coloráo
despacito me codió,
y me dijo, "Aguanteló,
y patinar se lo hacemos.
Si el domingo le corremos
de su láu me pongo yo".

-"Pa correr estoy -le dije-
pero, ¿cómo es la cuestión?
Me contestó el fanfarrón:
-"Tiro, plata y flecha... fije"
-"Pues, ya que nada m'exije...
mañana de tardecita,
y dende aquella sierrita
hast'a'nde áura tengo el moro...
por quinientas chispas de oro,
en esta senda mesmita".

-"Mañana es mucho apurarse"
me contestó, más calmáo.
"Si no tienen los montáos
ni tiempo de revolcarse!"
La gente empezó a mirarse,
a sonreir y toser,
y uno dijo: "Al parecer
no llueve... El viento cambió"
El gaucho "chucho" arrolló
y ató a los tientos; ayer...

-"No, señores"- dijo el criollo.
"No afluejo; pido un tiempito.
Ni muerto me hago el chiquito,
ni en las primeras arrollo;
sé qu'el moro no es un "bollo"
mas le llamo "pan comido".
Y el melenudo Garrido
le gritó al irse: "Dejálo,
que te vas a cáir del palo
igual que gallo dormido".

Le dije a mi amigo: "Hermano,
si desenvaino el facón
le juro qu'esta ocasión
hago "sapo" algún "bayano";
que Dios me corte la mano
si se me alarga a matar;
tal vez, de tanto aguantar,
estoy poco aguantador...
Vamonós, que a lo mejor
me da el diablo por peliar".


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