lunes, 27 de agosto de 2012

El estilo



El gaucho ya había cantado los cuatro motivos
gloriosos; el canto de amor a la tierra
el canto de alarma que montó a caballo los héroes nativos
el canto sagrado a la patria y el canto de triunfo en la guerra.

El gaucho era ahora un arco sin cuerda; la caja vacía
del tambor patriota; clarín sin acentos
un gesto en la puerta de la pulpería
y una encrucijada de presentimientos.

Con tientos de dudas se ataba al palenque
de las ilusiones; buscaba otro rumbo en su trillo.
De tanto sobarla la "guacha" se le hizo rebenque,
de tanto achicarla la lanza se le hizo cuchillo.

Le faltaban voces, palabras, algo en que encenderse
algo en que gastarse. Sentía que era otro.
Le ahogaba el silencio y el ansia de andar y de hacerse
nube, polvo, estrella, galope de potro...

Su mano impotente yacía sobre la guitarra,
se crispaba en vano buscando armonías en el clavijero.
Su mano era entonces la garra
de un puma con ojos y alma de cordero.

Y en ese vacío de todo y de nada
cuando frente a frente con Dios y la vida
oró por los suyos a boca cerrada
y lloró sin llanto su raza vencida
¡un trino!
la gloria de un trino le abrió otro camino;
un trino fue rumbo, consuelo y destino.
Desde la arboleda
un zorzal le dijo con su voz de seda:
No es criollo el lamento;
el sol se recuesta pero empolla auroras;
cuando gime el viento
su dolor, es música entre las totoras.

De mañana
mi silbido es un toque de diana
se templa en vibrar de cristales
el redoble horoico de los cardenales
y en la horqueta del sauce, el jilguero
hace arpegios del hilo sonoro
que afina el "boyero"
en la rueca gaucha de su pico de oro.
La rueda del tiempo no para,
dan vueltas los días, la tierra y la luna;
ayer fue el coraje, la muerte se hizo cimbrón de tacuara,
hoy, hasta en los grillos hay cantos de cuna.
Es como un "señuelo" la vida del pobre chingolo;
lo arriaron con piedras a pico y a balas
y ahora parece un alma con alas
silbando la dicha de sentirse solo.

Y el gaucho que había cantado los cuatro momentos
gloriosos, oprimió las cuerdas claras y armoniosas
y compuso el canto que tiene la voz de los vientos
el eco profundo y humilde de todas las cosas.



Eso fue el estilo: dolor y sonrisa
corazón que aguanta, carne que padece,
ilusión que nace, tronco que florece,
chiflidos de arrieros que arrastra la brisa.

Su melancolía tiene la tristeza
del campo sin flores, del rancho sin techo,
del árbol sin nidos; duele, quema, pesa
y anuda en congojas las fibras del pecho.

Su alegre, es en cambio, un soplo de vida;
retoza en las primas, salta en las bordonas,
echa a los potreros la pena escondida
y baila malambos sobre las caronas.

En sus cuitas hablan, sus quejas
mezcladas con ruidos de ejes y cencerros
entreabren ventanas, despiertan los perros
y arrancan suspiros de mozas y viejas.

Es guapo en la yerra, suda en los trigales,
empuja a los bueyes, castiga
las yuntas, manda, puede, obliga:
canta en las burbujas de los manantiales.

Se pega al oído como una chicharra,
acorta la ausencia, es ternura y rezo
de madres, el estilo es eso;
¡un canto y un pueblo que nacen en una guitarra!