jueves, 1 de mayo de 2014

El último pial

(Fotos: René Burri)


Tal vez por haber venido
de algún criollo antepasau,
salí bastante avispau
pa’ revolear el torcido.
Entre muchos fui tenido
como un picaflor certero,
y en el ambiente campero
ni bien las yerras llegaban,
los patrones se peleaban
pa’ convidarme primero.

Sin hacer distingo alguno
de corral o puerta afuera,
tumbé manadas enteras
con otros tantos vacunos.
Yeguas, potros y torunos,
padrillos de crin volcada
al toparse con mi armada,
atestiguarlo me atrevo,
¡quedaban mostrando el cebo
como cuzco en tierra arada!

Entrando un poco en detalles
y hablando de piales puros,
era pa’l golpe seguro
como rodada en la calle.
Una vez a un tal Lavalle,
criador de criollos lobunos,
en el momento oportuno
que quiso probarme el filo,
le agarré “dieciocho” al hilo
sin que se zafe ninguno.

Tenía un lacito cortón
entrador y silencioso,
que era pa’ mi de goloso
como el queso pa’l ratón.
Con él en una ocasión
que era pión de un tal Arriola
porque no me daba bola
la menor de las muchachas,
le quebré una oveja guacha
y me pelaron la cola.

Cada vez más ponderau
por patrones y mensuales,
anduve por mil corrales
con mi lisito mentau,
sin darme cuenta, encelau,
que descuidaba mi hacienda,
la cosa fue que mi prienda
por ligerona y despierta
al ver la tranquera abierta
buscó el campo a media rienda.

¿Ande te irás orejana?
le grité y armé con torta,
que si el tiento no se corta
aquí te espero mañana.
Le tiré con tantas ganas
que de angurriento la paso,
y pa’ aumentar mi fracaso
en mi tiro más maleta
le agarré media paleta
y se me fue con el lazo.