miércoles, 6 de febrero de 2013

¡Tiento crudo!


(Foto: Dominic Rouse)

Era un poco vieja cuando quedó viuda;
sus cuatro muchachos, crecían al trote,
mientras a la pobre en el alma un brote
de esa ortiga fiera que le llaman ¡duda!
se le fue clavando... ¡ponzoñosa, aguda!
Al ver que a los cuatro les entró el ¡camote!

¡Iban a casarse!
¿Quedaría a solas con su corazón
al hacer los cuatro
sus ranchos aparte?
¡Oiría de alguno un "¡pienso llevarte!"
Prepará tus pilchas pa esa ocasión?
¡Pobrecita!
Tristona, pálida estaba,
caundo se casó el menor,
el único que faltaba
y del cual ella esperaba
le dijera con amor
al concluirse la fiesta...
-"¡mama, até al sulki, el mancarrón
y acomódese con ésta,
que he de darle protección
en mi rancho'e la Floresta!"
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¡Pobrecita!
Se fueron los novios
luego de besarla,
un frío de espanto
secaron sus ojos
y al quedar solita
se postró de hinojos,
porque sólo un rezo
podría calmarla!
¡Pasó un año!
Siempre solita en el rancho;
escribió a los cuatro
pidiéndole amparo,
cartitas de madre
diciéndoles claro,
que ya a su osamenta
rondaba un carancho...
-"Yo solo un rinconcito
les pido a su lao;
unas achuritas y unos amargos
se me hace, muchachos,
que se harán más largos
los días 'e la vieja,
que los ha criáo!..."

Y a vuelta de correo, las frías respuestas:
-"Imposible, mama!
Los tiempos están caros,
no hay más que sequías,
regüeltas y paros...
No puedo tenerla
aquí en la Floresta!"

¡Y al correr del tiempo, un llamado urgente
traía a los cuatro  hasta el rancho aquél;
y vieron un cuadro...  ¡grave!... ¡imponente!
Pues de un tiento crudo atado al dintel,
colgaba la pobre como interrogante
ante aquellos hijos con almas de hiel!