sábado, 8 de enero de 2011

El poncho

(Pintura: Jorge Campos)
¡Pobre mi poncho viejo, ya lo estaba olvidando!
Para que se oreara lo he dejado
extendido en el cerco;
y luego de una noche a la intemperie
amaneció cubierto de rocío,
húmedo de alborada,
húmedo y estirado
como si el viento se lo hubiera puesto.

¡Pobre mi poncho viejo, vas perdiendo el color!
También, no es para menos
con las lluvias y las tormentas
que te han lavado,
con los soles y los veranos
que te han secado;
y aún te quedan abrojos prendidos en los flecos:
abrojos amarillos
que parecen semillas de recuerdo.

En el baúl causabas
impredión de abandono, pero ahora
que te ha dado la noche, y el cielo, y el sol,
eres casi el de antes, todavía conservas
sabor a crin de potro, y a campo, y a fogón.

Pero entonces tenías algo de heroico:
el invierno y el viento te ponían romántico;
con tus listas marrones y con tus listas claras
flameabas en mi cuerpo como una bandera
de la que yo era el asta;
entonces
eras una bandera y eras un aletazo.

¡Cómo estamos de unidos uno al otro!...
Hasta el mal cuarto de hora que los hombres tenemos
me lo recuerdas con las dos quemaduras
que te hizo aquella bala,
esas dos quemaduras que son como dos manchas.

Aún estás saturado de otro tiempo;
del tiempo en que mi vida se agitaba
debajo de tu gran cuadrilongo,
y las puntas de mi golilla
se abrían en el aire, enlazándome el cuello
como si fueran dos bracitos blancos.

Poncho: cuando te extiendo no cabes en el cuarto;
te pasa lo mismo que a mí me pasaba;
cuando vine del campo no cabía en el pueblo.
Poncho
que después de una noche a la intemperie
amanece cubierto de rocío,
húmedo de alborada,
húmedo y estirado
como si el viento se lo hubiera puesto.

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