viernes, 7 de septiembre de 2012

Encargado de estancia

(Dibujo: Patricio E Marenco)

Aunque impongan los años su distancia
se quedó en la memoria de la estancia.
Lo recuerdo en la fría madrugada
retando por lo bajo a la perrada
que a los saltos sus paso’interrumpía
al salirle al encuentro cada día.
Puedo verlo ordenando su recado
y ensillar con esmero algún gateado,
mientras sólo el rozar de los correones
rompía el silencio en los galpones.
Me figuro que aún puedo escuchar
su voz diciendo “¡Vamos!” al montar,
la orden invariable y suficiente
que acataban los perros y la gente.

Así siempre comenzaban sus rutinas.
Llegando a las primeras cina-cinas
soltaba el galope del montado
y, apenas cuando el día había aclarado
ya andaba recorriendo los potreros
controlando pariciones y terneros.
Encaraba con gusto esos trabajos
por ser hombre de aquellos campos bajos.
Se había criado acostumbrado a la visión
del inmenso pastizal en su extensión
y de entonces, sin duda, provenía
la afición por el caballo que tenía
y ese típico modo de los viejos
de tender la mirada hacia lo lejos.

Era parco en el gesto y el decir,
como es quien ha logrado conseguir
el respeto cabal de los demás
por su propio prestigio y por capaz.
Conocía el manejo de la estancia
y sabía mandar sin arrogancia.
Porque fue para mí como un maestro
que en esos menesteres me hizo diestro
le rindo el homenaje que merece.
Y en muchas madrugadas me parece
que era ayer cuando el tranco del gateado
lo veía salir, acompañado
por el viejo ovejero seguidor,
con su lazo torcido y su arreador.