viernes, 28 de noviembre de 2014

El caballo que no tuve

(Foto: Fernando J. Toucedo Urban)


Al caballo que no tuve
yo le llamaba distancia
pero distancias hallé
y ahí mi caballo no andaba...
entonces yo comprendí
que se llamaba esperanza,
¡fiero pa´ hallarlo en el campo:
caballito de la nada!

Yo mismo le hice recao
con cueros de mi nostalgia
y unos estribos de nuncas
y un cojinillo de lágrimas.
En un clavo en la pared
tenía colgada una manta
que la tejí de ilusiones
y bordada de palabras.

¡Las veces que me tapé
con aquella vieja manta!,
cada invierno fue una rosa
que el tiempo me regalaba.
Recogí el sol de la escarcha
reflejao en la mañana
y lo até a los cuatro vientos
de mi imaginada manta
pa´que luciera orgulloso
mi caballito esperanza.

Pal caballo que no tuve,
macetié guasca por guasca
del cuero de un ventarrón
de esos que no tiene alma.
Con la argolla que el rocío
le hace a la luna temprana
hice un lazo livianito
como pa´pialar un ánima.

El cabresto y el bozal
se los quité a una calandria
porque soñé que a mi flete
con un silbo le sobraba.
Me hice un rebenque de trébol
con iniciales de plata
que saqué de un arroyito
entre piedritas de nácar.

Todo pa´que mi caballo
no ande mezquinando alzada
y hasta he cortao una flor
pa´ ponerle como marca.
Pero pasaron los años
y nunca llegó esperanza
caballito que no tuve,
ya no importa tu tardanza.

Las pilchas las regalé
y ya no me queda nada
a quién le pongo un recao
con cojinillo de lágrima
y una manta de ilusiones
y bordadas de palabras,
esas misma que no tuve
pa´ defenderte esperanza
cuando andabas a lo lejos
y te llamaba distancia.

Y hoy,
y hoy que ya te recorrí,
no me ha servido de nada
si hasta te usé pa´morir
desde adentro de mi alma
por tener un corazón
y por llamarte esperanza.