martes, 11 de noviembre de 2014

Ayer y hoy

(Dibujo: Eleodoro Marenco)

Señores: En mi canción
un paisano del presente
le muestra a un viejo insurgente
que lo iguala en corazón.
Porque las dos razas son
por la gloria de su fin,
dos notas que un paladín,
de las patrióticas deas,
tocó en distintas peleas
pero en el mismo clarín.

Viejo: vengo a apuntalar
el horcón de mi creencia
con la fe de su experiencia
y la lumbre de su altar,
tal como para ofrendar
el triunfo de su semilla
se abraza la campanilla
a la rugosa madera,
yo soy esa enredadera
y usted ese coronilla.

Yo vengo a cantar la raza
desde el llanto de la bruma
como arroyo que hace espuma
en cada islote que abraza.
Mi canción de vieja traza
que acaricia y que consuela
hace cien años que vuela
sobre los gauchos quebrantos;
hay seis ensueños de Santos
enredaos en mi vigüela.

Viejo: Yo soy el presente;
la bendición de los trigos
dejó con besos amigos
toda una estrella en mi frente.
Soy el labrador valiente
que en el trabajo se aferra,
y en mi patriótica guerra
verá las parvas doradas
como otras mil barricadas
de las luchas por mi tierra.

Viejo: En mí la tradición
todo su ensueño consuma;
porque sigo siendo puma
dentro de mi corazón.
En mi eterna mutación
y en el signo de mis alas,
reflejo las patrias galas
del montonero valiente:
como copia la corriente
la bravura de los talas.

Viejo: Yo quiero alumbrar
la tarde de su añoranza
con el sol de mi esperanza
hecho carne en mi cantar,
mi conjuro ha de evocar
lo que su pasado abraza;
el rejón que despedaza,
la fiebre del entrevero,
y el encanto del trovero
que es el alma de la raza.

Replegado en mi interior,
son las savias de mi ser
las templanzas del ayer
que me acordaron, señor.
Es mi fe de luchador
rescoldo de tiempos idos,
y los timbres adquiridos
por mi raza en las peleas,
son nieves en mis ideas
pero fuego en mis latidos.

Viejo: Yo soy el hornero
que hizo nido en la cumbrera
que elevó la montonera
después del rojo entrevero.
Laborioso y justiciero
mi torrente de altivez,
marcha sangrando al través
de las sombras del destino,
para alumbrar el camino
a los que vengan después.

Y al marchar con rumbo cierto
florecen en mis mirajes
los dilatados paisajes
pensativos del desierto.
Siempre a pecho descubierto
he de cruzar la existencia,
porque en porfiada pendencia
con la chusma envilecida
sobre el cerro de la vida
puse un faro: mi conciencia.

Calló el gaucho. La extensión
llena de acordes lejanos,
envolvió a los dos paisanos
en la misma vibración.

Y a la frente tradición,
y a la frente pensadora,
el arrebol de la hora
confundió en un mismo abrazo;
con la sangre del ocaso
se puede teñir la aurora.