martes, 7 de mayo de 2013

Matar a una paloma (Milonga)




Entre muchos la atacaron,
jauría de oscura laya,
que tenían sierpes de oro
donde ha de tenerse el alma.

Todas las bestias reunidas
en una siniestra alianza,
de hemisferio a hemisferio
decretaron: a matarla.

Con pupilas desasidas
y manos inmaculadas,
desde neutrales espejos,
los demás sólo miraban.

Complicidad de silencio,
peor aun que las palabras,
tan vanamente silencios
y tan cruelmente de espaldas,
los mares enrojecidos
iban sembrando mortajas.

El coyote y la serpiente,
el león y la perrada,
los lobos y los halcones
clamaron: "¡Hay que matarla!".

Y la acosaron sin tregua
en su furia desatada,
gritando todos a una:
"¡Hay que matarla, matarla!".

La paloma del maíz,
del palo santo y la caña,
del olivar serraniego,
de trebolares y guampas.

De las viñas y el vellón,
y de la yerba selvática,
condenada fue a morir
por los patrones del mapa,
por los que rigen océanos,
por los que forjan murallas.

Alta indígena frente,
la paloma americana,
con voluntad sin desborde
enfrentó a la grey corsaria.

Sus alas eran de cielo
y su pecho de alborada,
y hondos fuegos patagónicos
corrían por sus entrañas.

La hirieron impíamente,
atacándola a mansalva,
todas las bestias reunidas
mas no pudieron matarla.

Y allá está sola y entera,
la paloma americana,
entre atlánticos confines,
entre horizontes en llamas.

Allá está sola y entera
la paloma americana,
porque no hay muerte tan muerte
que pueda quebrar sus alas,
allá está sola y entera
la paloma americana.