domingo, 2 de marzo de 2014

Tutano




El cielo abrió plenamente
su calórica compuerta
derramando por los campos
los caudales de la siesta.

Cruzando entre pajonales
a su “tungo” talonea
un chiquilín que retorna
para su puesto allí cerca
-del que su padre está a cargo
por un jornal de miseria-.

Regresa de churrasquiar
con dos “amistases” nuevas:
dos hombres hechos a soles,
a chaparrones y huellas;
errantes caminadores
con “mono” y pasado a cuestas
que al pie de un molino, ahora,
acampan con su cansera.

Y este niño que se forma
en la vernácula escuela
encuentra en su rudo trato
rica y sabrosa experiencia…
le agrada oír sus relatos
de otros hombres y otras tierras
de cosas que no conoce
o que conoce “de mentas”.

Mientras regresa cavila
sobre las cosas aquellas
pensando si sabe más
aquel que tranquea más leguas.

De pronto aparece un cuis
que entre las pajas se interna
y el muchachito, resuelto,
a perseguirlo se apea:
no lo encuentra y sin pensarlo
-pensando solo en su presa-
le prende fuego, y las pajas
arden lo mismo que yesca…

¡Ya está el fuego devastando!
¡Ya está en marcha la tragedia!
Ya crepitan los pajales
de un campo lleno de hacienda!
Ya sus manos y sus pies
emprenden vana tarea
y sus ojos asombrados
solo aumentan su impotencia.

Y en momentos que se apresta
a montar con suma urgencia:
sus dos amigos jadeantes
ve llegar a la carrera
trayendo bolsas mojadas
para frenar la tragedia.
Tras un “¿qué has hecho, muchacho?”
-por pregunta y reprimenda-
transpiran hasta apagar
aquellas llamas hambrientas.

Así salvaron al niño,
al pastizal y la hacienda
dos “crotos”, dos caminantes,
dos vagabundos “linyeras”…
hombres que todos suponen
insensibles como piedra.

Hombres cuya faz hostil
suele ser una corteza
que cubre un blando tutano
de nostalgias y de penas…
hombres que no deben ser
juzgados a la ligera.