domingo, 31 de julio de 2011

Tomemos el cimarrón



Mañana por la mañana
me voy a las cuatro esquinas
a tomar un mate amargo
que gustoso saborea
a la orilla del fogón
el paisano de mi tierra.

Mi tierra como si el gringo
en otro mundo existiera
que no fuera el mismo mundo
donde el paisano vegeta.

Y acaso el paisano sabe
que en cada grama de yerba,
en la substancia que absorbe,
en el agua de hojas secas.

Abosrbe gotas de sangre,
saborea una tragedia,
extrae del fondo del mate
una esclavitud dantesca.

En cada mate que brindan
en una reunión amena,
hay el suplicio de un mártir
que sordamente se queja.

Cuando en alegre algazara
los paisanos hacen rueda,
echan un valle de lágrimas
en cada mate que ceban.

Quien conozca los yerbales
que se pare y me desmienta,
para mandarlo sentar
agachando la cabeza.

Vez pasada rubriqué
con el "Yugo de la Selva"
escrito en versos muy malos
un inteligente poema.

Y detallé a grandes rasgos
cómo los seres vegetan,
cuánto sufren, cómo mueren
los esclavos de la yerba.

Cierta ocasión un viajero
transitaba por la selva,
hico un hallazgo macabro
bajo un arbusto de yerba.

Y con profundo terror
vió que de una calavera
unos ojos lo miraban
y le sacaban la lengua.

Por entre la dentadura
de la boca semi-abierta,
cual una roja amenaza,
como una trágica mueca.

Mas, como un insulto póstumo,
como si al mundo escupiera,
salió a picar al transeúnte
desde el cráneo una culebra.

Fue un esclavo que murió
cual un reptil, una fiera
y se pudrió en la intemperie
como cualquier osamenta.

Nadie le dio una sed de agua
cuando en la sed la pidiera,
nadie echó sobre el cadáver
una palada de tierra.

Para qué sobre los huesos
vas a dejar una queja;
tomemos el cimarrón
de las manos de mi prenda.

Amargo y triste es saber
cuántos sacrificios cuesta
a los mártires anónimos
que los yerbales cosechan.

sábado, 30 de julio de 2011

Los milagros


Hablar mal de Ufemia en tuito el pago
era entrar en negosios con Mandinga;
porq'eya se vengaba hasiendo un "daño"
qu'era capás di arriar con la familia.

Tenía el rancho ande tuitos acudían
-rancho viejo agachao y medio largo-,
con su sala'e recibo, la cosina,
y la piesa ande hasía los milagros...

No'bía sensia que ya eya juera mucho;
con la ayuda'e Dios y con sus dones,
lo soltaba tranquiando lo más trucho
a cualquier desausiao por los dotores.

¿Acaso no contaba que a Elso Mena,
qu'era manco a l'altura del nudizo,
l'hiso un día creser la mano entera
y hasta tráiba los dedos con aniyos?

¿Y otra vez, cuando dijo don Crisanto
qu'él no cráiba ni en viejas ni en pavadas
no l'echó los espíritus al campo
y le serdiaron tuita la manada?

En demás tenía un hijo; el negro Roque
que heredaba el "poder", sigún desía,
y ronsiaba los ranchos por las noches
pa correr tuito intento'e brujería...

Y aunque algunos lo vieron que a la güelta
tráiba en ancas un bulto medio blanco,
de miedo a las vengansas de la vieja
no quisieron andar averiguando.

Hasta que uno cansao d'echar de menos
güelta a güelta una oveja conosida,
cortó el pasmo al asunto yendo al pueblo
dando cuenta a la mesma polesía.

¡Y cayeron d'espaldas las comadres
cuando oyeron desir al comesario
que'había serda y sien cueros lanares
en el cuarto ande hasía los "milagros".

Desde tu ausencia


Mi dueña, desde tu ausencia
vivo huérfano de amores;
no hay alegría en la querencia,
hasta te extrañan las flores.

Vieras, mi dueña, el rosal,
mustias sus flores declina;
se está secando el parral,
deshojando la glicina.

Dueña mía en el jardín
ya no ha quedado un clavel;
marchitado está el jazmín,
sin sombras se halla el vergel.

Y ya no se oye el jilguero
que en la preciosa mañana
trinó alegre en el alero
sobre tu linda ventana.

Prenda, te vengo a decir,
volvé pronto, te lo ruego,
que si tardás en venir
tendrás que llorarme luego.

Si no volvés, mi viejita,
no va a quedar un capullo;
la ramada se marchita,
se muere el paisano tuyo.

La doma


Nace el paisano argentino
allá en la grandiosa pampa
demostrando con su estampa
ser el más travieso y fino.
Alegre, vivaz, ladino,
de inteligente mirada;
en caso de una domada,
¡la pucha si se florea!
Por más reservao que sea
se pinta en la jineteada.

En cuanto echan al corral
una potrada machaza,
un criollo dentra y enlaza
el más arisco bagual,
otro criollo le echa un pial
pa encima poder voltearlo
y en seguida embozalarlo
y palenquearlo de paso;
y sobre el pucho, amigazo,
lo ensilla para domarlo.

Al saltarlo el domador
larga una criolla indirecta;
mientras otro lo sujeta
de una oreja y el fiador.
¡Aijuna, es un primor
cuando el bagual siente el peso!
Se hace el chiquito y en eso
el criollo le da un chirlazo,
¡Pucha digo si es lindazo
ver domar según me expreso!

El bagual se encoje en vano
y bellaquea con destreza,
escondiendo la cabeza,
por entre medio'e las manos.
Entonces, vienen paisanos
cómo se empieza a hamacar,
mientras le dentra a buscar
el domador las paletas,
y las espuelas le aprieta
castigando sin cesar.

Y después que ha corcoviao,
toma el campo disparando;
el que lo va apadrinando
no se aparta del costao.
En fin, ya el potro cansao,
solito se va entregando;
y él se lo trae tironeando
a dos manos de la boca;
pues como maestro le toca
irlo desde ya enseñando.

Después de esta acción florida
que todo un prodigio encierra,
echa el domador pie a tierra
en el sitio a la salida.
Lo rodean con ardor;
allí todos en seguida
y le brindan con fervor
el aplauso más genuino;
ese es el gaucho argentino
güen criollo y güen domador.

El matrero

(Pintura: Errecaborde)
Vida triste ¡la gran perra!
es la del gaucho matrero
que cruza triste el sendero
con la policía en guerra.
En la solitaria sierra
se oculta con precisión,
desconfiando que a traición
le hagan alguna emboscada;
y eche una chapetonada
por andar sin precaución.

Perdió ese paisano el nombre,
hijos, mujer, la querencia;
él ve su pobre existencia
sin que por eso se asombre.
Comprendiendo que es el hombre
de todo el mundo contrario,
en un punto solitario
formó su triste guarida;
y pasa su amarga vida
de matrero temerario.

Jué como todos honráo,
generoso, güen paisano;
pero su destino vano
la mala suerte ha labráo
pues la ley lo ha derrotáo,
por la ley anda vagando
y en tuitos laos observando
con mirada recelosa,
pues en su vida azarosa
vive alerta y desconfiando.

Busca para mantención
cualquier ave montesina,
a veces se determina
a recorrer la extensión.
Sale y hace una excursión
a lo largo del sendero;
carnea el mejor ternero
que se le cruza a su paso,
y pa no dormir al raso
pone como techo el cuero.

Allá en la pampa se anida
para consolar sus males;
se alberga entre los cardales
como una cosa perdida.
Sosteniendo de la brida
un pingo brioso y ligero;
y cuando juye el matrero,
no hay caballo que lo alcance.
Aunque el policía se lance
en el mejor parejero.

Como conoce baquiano
el sendero donde pisa,
como el humo se desliza
por la sierra o por el llano.
Cruza errante este paisano
la pampa con el ojo experto;
se aclimata en el desierto
como una fiera salvaje,
en el pampeano paraje
por la inmensidad cubierto.

(Pintura: Zavattaro)

Soy gaucho

(Foto: Aldo Sessa)
Soy el gaucho sin igual
cuando en mi campero basto,
despierto el dormido pasto
al cruzar con mi bagual.
El que en razón es legal,
en apuros servidor,
el que en su alma con ardor
nobleza pura zurquea,
y el que alegre churrasquea
de un cordero al asador.

Soy gaucho que en triste estilo
se lamenta donde existe.
Como la tórtola triste
canta en el monte tranquilo.
Aquél que le sigue el hilo
a la más cruel desventura,
el que con constancia pura
duerme sobre su recao
sin que lo haya amedrentao
ni el tigre con su bravura.

Soy gaucho que al renacer
la brillación del oriente,
sobre el bagual, sonriente,
saluda el amanecer,
el que contento de ser
hijo de la pampa pura,
recorre la ancha llanura
con ademán altanero,
recibiendo del pampero
su delicada frescura.

Soy gaucho al que los dolores
lo castigaron tan fuerte
que sin temerle a la muerte
se ríe de sus rigores.
El que en primeros albores
de una aurora purpulina
canta una cifra ladina
tan triste como un gemido;
ecos de un gaucho nacido
en la gran pampa argentina.

Desde el alero

(Foto: Eduardo Amorim)

Un ranchito y un sauzal,
dos bellezas argentinas:
es un agreste zarzal
tejido por un rosal,
madreselvas y glicinas.

Sobre de ese criollo alero
guarnecido de colores,
trinó en las tardes de enero
la calandria y el jilguero,
zorzales y ruiseñores.

Allí vivía la hermosa
paisana de mis amores,
tierna cual la mariposa
en un pimpollo de rosa
descollando entre sus flores.

Pero mi paisana un día
dejó el rancho y el vergel;
marchitó su lozanía.
Dejando en el alma mía
amargo trago de hiel.

Ya no ha quedado una flor
en el agreste zarzal
ni trinos de ruiseñor.
Parece que era su amor
la vida de aquél rosal.

viernes, 29 de julio de 2011

Allá arriba


-Venga p'acá mi hijo.
-Mande, tata.
-¿Qué le pasa que lo noto atribulao?
¡No me baje los ojos!
¿O es que usted mesmo sabe
que sobran motivos
pa no poder mirarme?
-No... No es eso, tata...
Pero yo no sé hasta dónde
quiere dir con sus palabras.
-Primero decirle que agachar la cabeza...
es cosa'e maulas...
-Tata... pero yo...
-Sí.... Ya sé que usted
es hombre de agayas,
si de eso precisamente
quiero hablarle...
-Mande nomás...
-¿Cuántos años hace
que a los pagos'e Dios
se jué su mama?
-Cuasi son diez, tata...
-¿Diez años?... Cha que jueron largos...
¿Y qué tiempo llevás vos
haciéndole el amor
a la Luciana?
-¡Tata!
-No se sorprienda ni agache la cabeza
ya sabe que eso es cosa 'e maulas.
¡Que me conteste le digo!
¿O se ha olvidao, que
a mí también me sobran agayas?
-Porque es mi tata...
que si no...
-¿Que si no qué?
-Nada...
-Estoy esperando que me diga...
¿Cuánto tiempo hace
que a esa pobre infeliz
la está matando?
Levante esa cara
o aura mesmo
se la cruzo de un planchazo.
Poco trabajo le costó
arrastrarla con engaños
y dispués se olvidó
que ayá arriba está
su mama... avergonzada
de usted... De usted, sí...
Canaya...
Cha que había sido
pobre e'sentimientos la herencia
e'mi sangre.
Tordo me ha salido mi hijo...
de ese rancho...
-Pero con la mirada.
-¿Y qué me dice de esto?
Luciana... Sí... La mesma...
-¿Cómo que no? Cruce la puerta.
Ahí la tiene... yéveselá si quiere,
pero como Dios lo manda
y no en el anca...
Ricuerde m'hijo que ayá arriba...
¡está su mama!

Que no me llore el cristiano


Que no me llore el cristiano,
no quiero su lagrimear,
si el que se muere es un pobre
pa qué lo van a llorar.
Entre el criollo braserío
que me lloren los fogones,
el guitarrear de los peones
escondido entre los yuyos,
la flor del cardo en capullo
y el cereal en los galpones.

Dejen que me llore el monte,
que siempre me quiso bien,
y lagrimee la sombra
de un solitario caldén.
Que me lloren "cardorusos",
sombra'e toros, piquillines;
de un potro las bravas clines,
la reunión en las cuadreras,
los postes de una tranquera
y la luz de los candiles.

Que me recen las antiguas
indias un poco de todo,
pa que en el viaje sin vuelta
yo no me sienta tan solo.
Los ponchos me han de llorar
y el viento con su silbido,
las leguas que he recorrido
y las huellas que he olvidado,
y los pechos colorados
levantándose del nido.

Que me tiren un responso
con la arena de mi Pampa,
y una vidalita nuestra
florezca en una guitarra.
Que me lloren los palenques,
la sombra de un noble alero,
los viejos vientos pamperos,
los médanos de mi tierra,
el perfume de sus yerras
y el pasto de sus potreros.

Que con bichitos de luz
y algún pabilo de estrellas,
el más pobre de los pobres
lleve, goteando, una vela.
La Pampa me vio nacer
y aquí me habrán de enterrar,
si no es mucho molestar
y no es mi pedido vano,
que no me llore el cristiano,
no quiero su lagrimear.




Mi poncho

(Dibujo: Eleodoro Marenco)
Viejo poncho te han cribao
del tiempo, los cimbronazos,
como si fueran lonjazos
en lomo de reserváo.
Pero vos seguís plantáo
y no te sacan ni a cincha,
porque cuando el viento te incha
tendiendo tu trabazón,
sentís a la tradición
como un bagual que relincha.

Vos eras como un consuelo
cuando al tostao frente blanca,
le acariciabas el anca
como peinándole el pelo.
Y cuando en brusco revuelo
lo chicoteabas travieso,
él encorvaba el pescuezo
como mirando la senda,
y te iba pidiendo rienda
mientras bordaba un bostezo.

Nunca más criollo me siento
cuando en el hombro te llevo,
porque sos como un renuevo
que me da vida y aliento.
Y cuando furioso el viento
jugando con tu bondad,
rompe la tranquilidad
moviendo tu ala altanera,
vos sos como una bandera
proclamando libertad.

Poncho de mis campereadas,
mis sueños y mis recuerdos,
que pasan dulces y lerdos
con sus brisas perfumadas.
Al evocar las jornadas
que compartimos los dos,
yo siento como una voz
que desde el fondo me grita:
"¡En esta tierra bendita
el mejor amigo sos!"