jueves, 25 de agosto de 2016

Digo la mazamorra



La Mazamorra ¿sabes?, es el pan de los pobres,
la leche de las madres con los senos vacíos,
-yo le beso las manos al Inca Viracocha
porque inventó el maíz y enseño su cultivo-.

Sobre una artesa viene para unir la familia,
saludada por viejos, festejada por niños,
allá donde las cabras remontan el silencio
y el hambre es una nube con las alas de trigo.

Todo es hermoso en ella: la mazamorra madura,
que desgranan en noches de viento campesino,
el mortero y la moza con trenzas sobre el hombro
que entre los granos mezcla rubores y suspiros.

Si la quieres prefieres perfecta busca un cuenco de barro,
y espésala con leves ademanes prolijos
del mecedor cortado de ramas de la higuera
que en el patio da sombra, benteveos, e higos.

Y agrégale una pizca de ceniza de jume,
la planta que resume los desiertos salinos,
y deja que la llama le transmita su fuerza
hasta que asuma un tinte levemente ambarino.

Cuando la comes sientes que el Pueblo te acompaña
a lo largo de valles, por recodos de ríos,
entre las grandes rocas, debajo de cardones
que arañan con espinas el cristal del estro.

El Pueblo te acompaña cada vez que la comes,
llega a tu lado,¿sabes?,se te pone al oído
y te murmura voces que suben a tu sangre
para romper la niebla del mortal egoísmo.

Porque eres uno y todos, comiendo el alimento
de todos, en la fiesta del almuerzo tranquilo;
la Mazamorra dulce que es el pan de los pobres,
y leche de las madres con los senos vacíos.

Cuando la comes sientes que la tierra es tu madre,
mas que la anciana triste que espera en el camino
tu regreso del campo, la madre de tu madre,
- su cara es una piedra trabajada por siglos -.

Las ciudades ignoran su gusto americano,
y muchos ya no saben su sabor argentino,
pero ella será siempre lo que fue para el Inca:
nodriza de los pueblos en el páramo andino.

La noche en que fusilen canciones y poetas
por haber traicionado, por haber corrompido
la música y el polen, los pájaros y el fuego,
quizás a mí me salven estos versos que digo ...



Como el lagarto




Quiero hallarte en el camino
cada vez que salga en viaje,
como adorno del paisaje
y mojón de mi destino.
Verte en todo lo divino
que tiene el amanecer,
y la nube que al correr
presente a mi vista Dios,
será mensaje de vos
cuando no te pueda ver.

Quiero hallarte, quiero verte,
sentirte en cada momento,
pues eres mi pensamiento
y presagias mejor suerte.
Intenté para atraerte
mis canciones entonarte,
pero resultando en parte
chúcaras y cimarronas,
han cortado mis bordonas
y no he podido cantarte.

Quiero correr sin parar
por lo llano y escabroso,
para llenarme de gozo
cuando te pueda alcanzar.
Después... para completar
apasionados antojos,
besarte los labios rojos
y en un limpión del esparto
¡quedarme como lagarto
dormido al sol de tus ojos!

miércoles, 24 de agosto de 2016

Tristeza Gaucha (Estilo)





Solemne y muda la noche, 
sobre el campo dormitando, 
va la grandeza aumentando 
del paisaje con su broche. 
La luna haciendo derroche 
de su luz azul turquí, 
le da un tinte carmesí 
a la muda serranía 
y es cada sombra un vigía 
del dolor que vive allí. 

Entre ese tono grisáceo 
que domina el horizonte 
se ve cual un mago al monte 
majestuoso ante el espacio. 
El sauzal austero y lacio 
que circunda la ladera 
da su nota plañidera 
y el rumor de una vertiente
marca las notas doliente 
con el ¡ay! de una tapera . 

Alma gaucha que solloza 
en las ramas y en los nidos, 
en los recuerdos ungidos 
de ternuras amorosas. 
Al verte morir,  mimosas 
cantan las aves por ti, 
con pucheros de gurí 
el sol llorando se asoma 
cuando por sobre la loma 
canta el viento su  ¡ay de mi! 




Al tranquito


(Pintura: Gustavo Solari)


Después de un solazo ardiente
lindo es salir al tranquito
en un caballo mansito
pero vivo y reluciente;
tender la vista hacia el frente
como agrandando el lugar
y con otro comentar,
que la tarde, ya en derrota,
le abre una puerta grandota
al sol que se quiere entrar.

Corre a tal hora una brisa
que invita a seguir andando
al tranquito… conversando
y siempre sin darse prisa;
el mosquito, a banda lisa,
sigue tenaz, cargador,
y se va alzando el olor
de los pastos, que asoleados,
se ven como marchitados
y van perdiendo vigor.

Llegamos a una tapera,
que en un lugar solitario,
es templo sin campanario
existente campo afuera;
entre el silencio que impera,
nace alguna sugestión,
pues parece que un cordón
de mostazas y flechillas,
estuvieran de rodillas
rezándole una oración.

Tras de una hojita que vuela
o un cascotito rodando,
parece estarse escuchando
las pisadas de una abuela;
inmensamente se anhela,
a pura imaginación,
remover cada terrón,
por descubrir lo que ha sido
y ante escombros de su olvido
hacer su reconstrucción.

Seguimos, y algún yuyito
de seductora fragancia,
lo lleva a uno a tal distancia
que lo interna en lo infinito;
parece abrir despacito
las portadas del placer
y, como si florecer
quisiera en el pensamiento,
forma pimpollo un lamento
entre alegrías de ayer.

Ya noche casi cerrada,
con la última vislumbre,
al regresar, por costumbre,
bajamos en la enramada;
la luna, como incendiada,
va comenzando a subir;
lo que convida a seguir
después de un buen asadito,
al tranco… siempre al tranquito,
como nuestro porvenir.

Galpón de estancia


(Dibujo: Pepe Gonzalez Guerrico)

Como en sus años primeros,
perfectamente plantado,
cuando se hallaba atestado
de bolsas, lanas y cueros;
dando frente a los potreros
y con dejos de arrogancia,
está el galpón de una estancia
contemplando la ladera,
como si un símbolo fuera
de eternidad y constancia.

Hay un ombú ya viejón
que su raíz extendiendo,
parece estar pretendiendo
echarse al hombro el galpón,
y no es tal su pretensión:
es que el ombú corpulento
lo abraza por el cimiento
con mil recuerdos que añora,
le da un beso en cada aurora
y lo protege del viento.

Él no tiene más ofrendas
que allá en su tirantería,
telas de araña a porfía
y de avispas las viviendas;
hay en sus puertas leyendas
hechas a punta de acero,
la marca del estanciero
puesta en forma repetida;
y una volanta vencida
que sirve de gallinero.

Allí está, como trofeo,
serio, sin una sonrisa…
y ni luce la camisa
del revoque o del blanqueo;
por eso cuando lo veo
sin la actividad pasada,
lo emponcho con la mirada;
al alejarme lo pierdo
y queda con mi recuerdo
en la soledad callada.


Junto al fogón



En la estancia “El Pajonal”
partido de Pueyrredón,
encontró a Lorenzo Alcón,
Juan Ceferino Cabral;
después del ‘dentrá’ habitual,
se pusieron a matear
y en su mucho recordar
escarbando en la memoria
hallaron penas y glorias
que los hacían meditar.

Acorralaron hazañas,
acollararon motivos
y relatos sucesivos,
de llanuras y montañas;
no hallaron cosas extrañas
de que hablar ningún momento;
recordaron a un Barriento,
gran jinete y domador,
mientras algo evocador
florecía en el pensamiento.

Mil recuerdos barajaron
que del recuerdo salían
y que iban y venían
porque ellos los despertaban;
las alegrías se mezclaban
a malos ratos de ayer;
contradicciones, placer…
todo una íntima historia…
músculo hacía la memoria
por no dejarse vencer!...

Al fin la mente exprimida
tanto y tanto recordar,
se entraron a lamentar
que se acortaba la vida;
mientras yo, a mi despedida
al salir fui deduciendo,
que esos dos hombres haciendo
sus más viejas narraciones,
eran como dos mojones
dos épocas dividiendo.

Y ya cerrando el final
de aquella conversación
dorada en aquel fogón
por Lorenzo y por Cabral;
éste, pisando el umbral
y con voz del que hago olvida,
preguntó a su despedida:
-¿Y de qué murió Mariano?
-Mirá… pa’ decirte, hermano,
murió de falta de vida!

El dueño de los picazos


(Pintura: Aldo Chiappe)


Áhi va, marcando sus pasos
como formados en fila,
por el camino hacia Pila
una tropilla ‘e picazos.
Ya el sol se duerme en los brazos
de la oración, y al arrullo
del inquietante barullo
de las aves en la fronda,
tiende la sombra su ronda
aquietando aquel murmullo.

Hay un rayo de luz clara
agonizando en el cielo,
que se refleja en el pelo
de un alazán malacara,
el animal se separa
junto con un testerilla,
y del camino a una orilla
entran a olfatear un yuyo;
ese alazán es orgullo
y lunar de la tropilla.

La madrina es colorada
vistosa como ella sola,
linda estampa y anca bola,
bastante bien preparada.
Ya se hizo noche cerrada
el día fue a su destierro,
debajo ‘el estribo el perro
saca hasta el suelo la lengua,
mientras su marcha no mengua
el tintinear del cencerro.

Ya con el cielo enlutado
que trae una estrella en l’anca,
trepa por una barranca
orillando el Río Salado.
El rocío se ha posado
sobre la verde gramilla,
y del picazo que ensilla
al ir el freno tascando,
va la coscoja sonando
precediendo a la tropilla.

Brilla en la noche un candil
que delata la presencia
de su anhelada querencia
donde lo espera gentil
con su gracia juvenil
su paisana, y en sus brazos,
entre besos y entre abrazos
vendrá el mate que le brinda,
la flor del pago más linda
al dueño de los picazos.

Callejón de los corrales




Siete hilos de alambraos
a cada lao de la calle,
y sobresale el detalle
de que están muy bien cuidaos,
los alambres estiraos
que sostiene el esquinero,
son como cuerdas de acero
con sus bordonas prolijas
donde ajusta sus clavijas
un firme torniquetero.

Callejón bien ancho y largo,
por vos pasaba la tropa,
al grito del “¡hopa, hopa!”
de la siesta en el letargo,
quedaron como de encargo
las varillas y tranqueras,
porque vos el paso eras
para la marcha obligada,
que arreaba pa’ la tablada
tropas y tropas enteras.

Entre tus hondas cunetas
aún crecen los duraznillos,
y alzan los cardos castillos
sus espigadas siluetas,
cuántas y cuántas carretas
cruzaron esas mañanas,
que ahora evoco lejanas
en polvorientos recuerdos,
igual que los bueyes lerdos
respondiendo a las picanas.

Viejo callejón, te asomas
tras de los sauces de copas,
y allá muy lejos te topas
con el arroyo y las lomas,
después del puente retomas
tu tradicional anchura,
cruzas un campo ‘e pastura
y allá contra el horizonte,
trasponés el viejo monte
sin pederte en su espesura.

Y moría en los corrales
donde en prueba de tu arte
llegaban de todas partes
centenares de animales;
hoy crecen los pastizales
porque ya nadie te cruza,
ningún tropero te usa
y en tu tranquerón dormido,
hoy te saluda el chistido
de la nocturna lechuza.

Otro camino asfaltao
que no le teme al invierno,
más transitable y moderno,
callejón, te ha desplazao;
que solitario has quedao
sufriendo la humillación
del progreso, callejón,
donde la vista se pierde,
perdura la alfombra verde
cual puntal de tradición.


Por ese robo



-¡A la aturdida le ha brotado un hijo!... 

-¿Lo habrá empollado a sol? 
-¡Mirá la zonza… le prendió el injerto! 
-¿Y el padre? 
-¡Qué sé yo!
--------------------------------------
-Mi rubio, mi gurí, ¡todito mío!
Hijo.
Yo soy tu madre, y me parece un cuento
igual que vos de lindo.
¡Qué me importa la lengua ´e la peonada
ni que se áuguen de risa, cachorrito,
si la cunita que el patrón comprara
con un colchón nuevito,
si la almohada bien blanca y los adornos,
la ropita encintada y llena ´e brillos,
no tienen comparancia con las tablas
que yo corté pa´ fabricarte un nido;
con los cueros sobaos de las borregas
que son tu colchoncito,
con el retacerío ´e trapos viejos
que te sirven de almohada, rubiencito,
porque ellos esperaron y fue al ñudo,
porque creyeron que con ser tan ricos,
iba a llegar hasta esa jaula blanca
la tiernita ilusión del pichoncito…

Por eso ahora anda triste la patrona,
y llora si te ve, porque ve al hijo;
ayer nomás, cuando insultó en un: “¡Guacho!”,
se me escapó un “¡Machorra!” en un audillo…

Los ojos del patrón son tan azules
y me gustaron tanto, cachorrito,
que una vuelta, pa´ vos, sin darme cuenta,
los robé a la patrona sin permiso.

¡Por ese robo de la estancia me echan,
por ese robo, m´hijo!


martes, 23 de agosto de 2016

Elogio de la mujer anterior


(Dibujo Enrique Rapela)



(La mujer y la conquista del desierto)
 
                  Poemario

Gran premio Centenario de Olavarría 1867 -1967



I
Mujer cuando la pampa era una herida,
un padecer continuo y sin palenque,
mujer de nombre hallado en las memorias
que duran hacia el Sur y hacia el Oeste
con la voz amarilla y desgajada
de una lenta torcaz sobreviviente.

No se ha dicho su elogio todavía
en oda nacional de alto copete,
ni sus mentas retumban en la Historia
(la Historia es de los hombres solamente).

Qué mármoles, qué bronces la agasajan,
qué cantar en el viento la sostiene,
qué día entre los días conmemora
su corazón celeste,
su hechura de humildad y sacrificio,
los tumbos incontables de su suerte...



II
MUJERES hondas, chinas fortineras,
que en todos los fandangos de la pampa
esgrimieron su audaz coreografía,
su pecho en madurez, como una espada,
para atajar los crótalos del aire
y los agrios chiflidos de obsidiana.

Parejas en el darse hasta el extremo
y todas ellas de distinta laya,
las había de trigo y aceituna,
las había de tez acebrunada,
de un templado color de greda antigua,
morenas más subidas y más claras,
como la miel silvestre y como el vino,
como un puro tizón, así de ahumadas,
y entre tanto pelaje anochecido,
a veces el candil de una alazana
con hilachas de sol en los cabellos
y un extraño país en la mirada.

Pero todas iguales en la hechura,
todas ellas como estacón de tala.



III
MUJER cuando la pampa andaba a gritos,
cuando el Desierto olía a sangre y muerte
disparando con púas en el lomo,
y era el coraje como pan caliente;
guardadora vital de la esperanza,
lámpara fiel erguida a la intemperie,
hembra y soldado en yunta silenciosa
en el estribo anónimo del Fuerte.

Los días le comieron hasta el nombre
y un apodo fue más que suficiente
para mentar su intrépida substancia
y aquella reciedumbre de su temple.

Así fue Pocas Pilchas, Rosa Mala,
La Tigra, Botón Pampa o Pasto Verde;
hembra dulce, bravía o taciturna,
hembra enteramente
(de las que no cuerpean el castigo
ni eligen los colores de la suerte),
y tan capaz, si la ocasión se pinta
de bajarle la prima al más valiente.


IV
TODO el hogar cabía en sus espaldas
y duramente lo llevaba a cuestas
a través de las múltiples llanuras,
del crudo galopar y las contiendas
(los cachorros prendidos en su seno
como frutas morenas).

Soldado en los apuros y servía,
y dos veces soldado en su guapeza
porque peleaba adentro con la vida,
porque peleaba con la muerte afuera.

No, no hay canto que dure en los cordajes,
ni alabanzas de mármol, ni retreta,
para esa china que midió el Desierto
hasta el confín del hambre y de la pena
y anduvo con sus huesos comedidos
por siete comandancias de frontera.




V
MAMA Carmen, milica de una hebra
y como luz en la Frontera Oeste,
acometiendo al orgulloso pampa
con insólita tropa de mujeres.
(Son dieciséis sus muertos por la patria,
y dieciséis los frutos de su vientre).

Mama Pilar y Mama Culepina,
manos oscuras con un algo duende,
incontables de ungüentos y experiencia
para ahuyentar gualichos inclementes;
hechas de amor para las nueve lunas,
hechas de amor y de esperanza siempre.

Presentación, La Parda, tan madura
en el oficio del valor ecuestre;
la tropilla de patrios y la indiada
la tenían de peona a combatiente,
y valiéndose sola en las amargas
lejuras del tehuelche.



VI
Y CUANDO el hombre dobla la cumbrera
quebrantado por lanzas y fatigas,
con los ojos untados de penumbra
y un mordisco animal en las heridas,
allí está desvelada en su corambre
como una diosa antigua,
con el aceite tibio de sus rezos
corriéndolo a mandinga.

(Es la misma mujer que entró en sus noches,
le dio calladamente sus primicias,
y retornó en el hijo iluminada
como una flor abierta a mediodía.

Es la misma del mate socorrido,
la que le pule al sol las tristes pilchas,
y las compone con un lento hueso,
y le borda un clavel en las vigilias).




VII
MUJERES de frutal veteranía,
con un sonoro ritmo de estilete,
como aquella sin par china artillera
que ciñóse el galón de subteniente
casi en el mismo hervor del entrevero,
a fuerza de enredarse con la muerte.

Mozas gauchas de rústico donaire
como aquella cuyana floreciente
que acicateó a los hombres con su hechizo
en la embestida del setenta y nueve,
esa dorada alondra del Desierto
que anidó en el Neuquén: la Pasto Verde.


VIII
Y SI el malón les daba algún resuello,
del fondo de algún cofre silencioso
ella sacaba cintas y verdores,
un pequeño caudal tibio y redondo
para adornar un tiempo deleitable
que apenas era un soplo.

Y el zumo penetrante de una danza
le corría en los dedos y en los ojos,
corcoveaban sus trenzas aguerridas,
y sus pechos, baguales impetuosos.

Después, en las orillas del malambo,
envuelta en un pañuelo de sonrojos
prendíase al hechizo de la espuela,
al repique caliente y jactancioso.

Afuera estaba el tiempo detenido,
la noche soterraba los despojos,
y era tanta la luna que dolía
con un dolor antiguo y misterioso.

(Bajo el liviano pie de las guitarras
yacía el crudo espasmo de los potros).

IX
SE SIENTA a contemplar, con sus espectros,
esa encuerada faz del infinito,
esa llanura fría y persistente
como una larga percusión de olvido;
el confín engañoso, tan callado,
y tan cercano al grito;
el humo de la estrella solitaria
-espejo sideral de su destino-,
con ese modo oscuro, desdoblado,
de estar y haberse ido,
el adios que en sí mismo se disuelve,
un gesto sin caminos.

En el hondo regazo de la pena,
sus ojos, tan antiguos,
sus ojos como pájaros de lluvia,
están en duermevela. Y fugitivos.

(La vida... qué es la vida, Mama Carmen,
si la patria melló todos tus filos,
si ya estás medio muerta de tan sola,
si no te quedan hijos...)



X
ASI fueron las hembras anteriores
que se honraban de andrajos y bravura,
cuando más despilchadas más ardientes,
más fieras al rigor de las hambrunas.
Sobre sus cueros se escribió la patria
con grafías de sangre y desventura,
y ningún resplandor les fue otorgado,
ni metales de honor, ni gloria alguna.

En servicios de arrear las caballadas,
en calabozos y galleta dura,
en hondos costurones de miseria,
en clima solitario de lechuzas,
mordiendo su ración de casi nada,
soñando con fugaces charamuscas
(pañuelos de color y agua florida,
y abejas de percal en la cintura),
ellas dieron sin cesar, hasta las últimas,
como si todo fuera necesario,
su empuje, su yacer y sus penurias,
los hijos para abono del mañana,
y el corazón hirviendo en mataduras.

Y ningún resplandor les fue otorgado,
ni metales de honor, ni gloria alguna.

Hoy son huesos de nadie que disuelve
la agraria esplendidez de la llanura...